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Los Asesinatos en la Calle Morgue


Cuento Policial

Edgar Allan Poe

Con este cuento Edgar Allan Poe, en siglo XIX, inaugura el género de cuento policial y de misterio el cual, años
después, sería imitado por muchos otros escritores, entre ellos: Sir Arthur Conan Doyle (1859 - 1930) al crear su
célebre personaje Sherlock Holmes, y Agatha Christie (1890 - 1976) quien hizo famoso a su detective Hércules Poirot.


 
Ya te he dado un ejemplo sobre las extraordinarias cualidades de la mente de mi amigo C. Augusto Dupin1.
Durante buena parte de la primavera y parte del verano de 18.., él y yo compartimos una casa en Paris, en el tranquilo barrio de Fauburg San Germán. En esa época teníamos la costumbre de permanecer en la casa la mayor parte del día, y al empezar el crepúsculo, hacer un larga caminata bajo las desfallecientes luces y sombras de la ciudad. Nos daba un gran placer ese simple hecho de caminar. Como les decía, era al obscurecer o bien en plena noche cuando la mente de Dupin era más activa, el poder de su razonamiento era más poderoso, y su habilidad de observación más aguda.
Una noche, por el este de la ciudad, caminábamos por una calle terrosa. Al parecer, ambos estábamos en una profunda meditación, porque ninguno de los dos, desde hacían unos quince minutos, no proferíamos palabra alguna. De repente Dupin rompió el silencio y dijo:
-El es un tipo pequeño, es verdad, creo que estaría mejor en una obra más ligera.
-No hay duda de eso- contesté sin pensarlo mucho; al comienzo no me di cuenta cuan extraño era el hecho de que Dupin conociera mis pensamientos. Pero un momento después, empecé a sentírme aun más asombrado.
-Dupin- le dije algo serio- no entiendo bien esto. No puedo creer lo que han escuchado mis oídos ¿Cómo es que supiste que yo pensaba en...- paré allí para ver si él completaba mi pregunta, y así lo hizo.
-...el actor Chantilly- dijo él-. ¿Por qué te detuviste? Estabas pensando que él porque es muy pequeño para actuar en un drama tan serio.
-Debo admitir que eso era justo lo que yo pensaba. Chantilly era un zapatero de la Calle San Denis que de repente le entró la locura por actuar. Intentó hacer la parte correspondiente al Rey Xerxes en el drama del mismo nombre, pero los críticos lo atacaron sin piedad. Dime ¿como es que has podido lograr entrar a mis pensamientos como ahora?
-Fue por el vendedor de frutas- contestó mi amigo- él fue quien te hizo sentir seguro que Chantilly no era lo suficiente alto como para hacer Xerxes.
-¡El vendedor de frutas! Me sorprendes, pero la verdad es que no conozco a frutero alguno.
-El hombre que casi te tumba cuando entramos justo a esta calle, hará unos quince minutos.
-Ya lo recuerdo. Fue en realidad un negociante que llevaba una gran canasta de manzanas sobre su cabeza; por accidente me golpeó al momento de pasar de la Calle C. a la que estamos ahora. Pero no entiendo por qué este asunto está conectado con Chantilly.
-Te lo explicaré para que todo quede claro- dijo Dupin-. Me parece que estuvimos hablando de caballos, justo antes de terminar la Calle C. Ese fue el último tema de nuestra conversación. Al momento de entrar a esta calle, el frutero te empujó hacia una pila de piedras planas que estaban al lado de la calzada en reparación. Pisaste sobre una pieza rota, te resbalaste y te torciste el pie, volteaste para mirar la pila de piedras y me pareció que estabas algo fastidiado, de allí continuamos en silencio. No tuve una idea en particular de lo que hiciste, pero sí observé algunas de tus acciones: mantuviste tu vista en el suelo, luego entramos a la parte en el camino donde las nuevas piedras ya han sido colocadas de forma muy peculiar. Esta forma me hizo recordar de una vieja idea griega sobre la posición de las estrellas en el cielo. Y de acuerdo a como discutíamos este asunto no hace mucho, pensé que tu también lo recordarías. Pensé que no podrías evitar mirar a las estrellas, luego miraste, entonces estuve seguro de que yo había acertado en tus pensamientos.
Aunque en aquella envenenada crítica contra Chantilly en el periódico de ayer, el crítico decía que era una estrella fugaz que brilla solo por un momento luego desaparece para siempre, en ese momento, cuando mirabas hacia el cielo, una estrella cruzó el cielo. Era claro para mi, entonces, que en ese momento tú estabas relacionándola con Chantilly. Lo supe porque vi una ligera sonrisa en tus labios mientras pensabas en el fracaso del pobre zapatero. Hasta allí caminabas inclinado hacia adelante, pero después note que lo hiciste bien erecto, eso me hizo pensar que pensabas en la estatura de Chantilly. Fue en ese momento que te dije eso: que era de muy baja estatura y que lo haría mejor en una obra de corte ligero.
unos minutos después, revisábamos el periódico de la tarde y encontramos la siguiente noticia:
INCREIBLES ASESINATOS Cerca de las tres de la mañana la tranquilidad de la gente que vive en la Calle Morgue, fue perturbada por los terribles gritos provenientes del cuarto piso, donde vive la señora L'Espanaye, con su hija, la señorita Camille L'Espanaye. Después de forzar la puerta de calle, que estaba con cerrojo por dentro, ocho o diez vecinos acompañados de dos policías lograron entrar. Apenas ingresaron los gritos cesaron, y al momento de subir las escaleras escucharon dos o más voces indescriptibles que discutían airadamente. Los sonidos parecían provenir de la parte alta de la casa. Al momento de llegar al tercer piso, aquellos sonidos también cesaron, todo estaba tranquilo. Los vecinos revisaron cada habitación del lugar, y tuvieron que forzar la puerta de un gran dormitorio en la parte posterior porque estaba con llave, y puesta la llave en la parte de adentro. Lo que vieron allí fue algo terrible.
La habitación estaba en completo desorden; los muebles estaban rotos y esparcidos por diversos lados. En una de las sillas estaba una navaja de afeitar abierta, cubierta con sangre. También había dos o tres mechones de cabello humano gris cerdoso que estaban cerca de la chimenea. Este cabello parecía haber sido arrancado de raíz porque tenían adheridas partículas de carne. Los vecinos encontraron en el piso cuatro monedas de oro, un arete, tres cucharas de plata grandes y dos bolsas que contenían casi cuatro cientos francos en oro. Los cajones de un escritorio estaban abiertos y pareció que habían sido rebuscados, aunque allí quedaban todavía muchas cosas.
No había señales de la señora L'Espanaye, pero como la chimenea estaba sucia y en completo desorden, la examinaron detenidamente. Es penoso decir que allí estaba el cuerpo de la hija, con la cabeza hacia abajo, fue jalado por los hombres. Había sido forzado hacia arriba por la angosta chimenea unos cuantos centímetros. El cuerpo estaba aun caliente, tenía la piel lastimada en varias partes, tal vez por la violencia con la que había sido empujada hacia arriba y luego jalada hacia abajo. Tenía incrustadas en la cara varias astillas, y en su cuello habían marcas de arañazos al parecer por uñas de manos. Parecía como si la muchacha hubiera sido muerta por presión en su garganta.
Después de una exhaustiva búsqueda en cada rincón del piso, el equipo de investigadores bajó al primer piso que los condujo hacia un patio tras del edificio. Allí encontraron el cuerpo de la dama mayor, tenía la garganta degollada. En realidad estaba la garganta estaba totalmente cortada, tanto que al levantar el cuerpo cayó la cabeza.
Hasta esos momentos no encontraron indicio alguno que pudiera ayudar a resolver ese horrible misterio.
Los diarios del siguiente día difundieron esta información.
Los asesinatos en la Calle Morgue. Hasta este momento mucha gente ha sido interrogada con relación a este crimen, pero la policía no ha sido capaz de averiguar algo que ayude a su esclarecimiento. Consignamos abajo las declaraciones hechas por las siguientes personas:
Pauline Dubourg dijo que conocía a la señora L'Espanaye y su hija desde hacían tres años. Ella le había hecho el lavado de ropa durante ese tiempo. Las dos mujeres parecían muy apegadas una a la otra, y se tenían mutuo cariño. Creía que la señora L'Espanaye tenía dinero depositado en el banco, y nunca había visto a alguien más las veces que fue a su casa a recoger la ropa limpia o a llevarle la sucia. También estaba segura de que no tenía sirviente. Los pisos inferiores del edificio estaban deshabitados.
Pierre Moreau, tendero, dijo que él le había vendido pequeñas cantidades de tabaco a la señora L'Espanaye desde hacen casi cuatro años. Las dos damas habían vivido en la casa, donde fueron encontradas muertas, desde hace un poco más de seis años. La casa era propiedad de la misma señora. Ella era muy aniñada. El testigo había visto a la hija solamente cinco o seis veces durante esos seis años. Ambas vivían tranquilamente y se decía que tenían dinero. Nunca había visto a nadie entrar a su casa, excepto a la señora y su hija, un comerciante de vez en cuanto y un doctor entró mas o menos unas diez veces. La casa era muy buena, y no era tan antigua. Las persianas de las ventanas estaban siempre cerradas, a excepción de la que está en el dormitorio grande de la parte posterior del cuarto piso.
Isidore Muset, policía, dijo que fue llamado a eso de las tres de la mañana, y encontró a veinte o treinta personas tratando de entrar. Ellos forzaron la puerta con una palanca de fierro. Los gritos continuaron hasta que la puerta fue abierta, luego se acallaron. Los gritos fueron como de alguien (o varias personas) que sintieron gran dolor - eran prolongados y fuertes, no eran cortos y rápidos. El testigo fue el guía que encabezó al grupo que subió. Al llegar al primer piso escucharon dos voces que discutían ferozmente - una de las voces era baja en tono, la otra era bastante más alta, era una voz muy extraña. La primera era como la de un francés. Estoy seguro que no era la voz de una mujer. Pude distinguir varias palabras en francés. La segunda voz, la voz alta, era como la de un extranjero. No podría estar seguro como para asegurar que era la voz de un hombre o de una mujer. El testigo no pudo escuchar bien lo que hablaban, pero le pareció que era en español. El estado del dormitorio y de los cuerpos fue descrito por este testigo tal como lo describimos en la edición de ayer.
Henri Duval, un vecino, trabajador en la industria metálica, dijo que él fue uno de las personas que entraron primero a la casa. El está de acuerdo con el testigo Muset en la descripción general. Conoció a la señora L'Espanaye y a su hija. Habló con ellas frecuentemente. Estaba seguro que la voz en tono alto que se escuchó no eran de ninguna de las dos muertas. El piensa que era la voz de un italiano, y estaba seguro que no era francés. Pudo ser la voz de una mujer. El testigo no conoce el idioma italiano, pero por el sonido, cree que fue un italiano quien habló.
— Odenheimer, administrador del restaurante. Este testigo no pudo hablar en francés. Lo que sigue es una traducción de lo que él dijo. Es nativo de Holanda. Estuvo de pasada por la puerta al momento que se escucharon los gritos. Duraron varios minutos—posiblemente diez. Fueron gritos largos y fuertes—algo terrible. El fue uno de las personas que entraron a la casa, y estaba seguro que la voz alta provenía de un hombre— y que era francés. Pero no pudo distinguir las palabras. Eran largas y rápidas—desiguales—y al parecer bajo los efectos del temor e ira.
Jules Mignand, administrador de banco, dijo que la señora L'Espanaye tenía algunas propiedades, que ella había abierto una cuenta en su banco en una primavera de hace ocho años. La dama mayor siempre depositaba pequeñas cantidades en su cuenta. Tres días antes de su muerte, había retirado cuatro mil francos en oro. Un empleado del banco la ayudó a transportar el dinero hacia su casa.
Adolphe Le Bon, empleado de banco, dijo que una tarde, tres días antes de los asesinatos, fue con Madame L'Espayane a su casa llevando los cuatro mil francos en dos bolsas. La señorita L. abrió la puerta de calle y tomó una de las bolsas, y la señora agarró la otra bolsa. Después de eso las saludó y se retiró. El testigo dice que no vio pasar a nadie por la calle en esos momentos. Es una calle muy tranquila.
William Bird, sastre, dijo que él fue una de las personas que entraron en la casa. Es inglés, vivió en París durante dos años. El fue uno de los primeros en subir por la escalera. Escuchó las voces que discutían. La voz gruesa era como la de un francés, y la voz aguda era bastante alta—más alta que la otra. Está seguro que no era la voz de un inglés, más bien parecía la de un alemán, y podría ser la voz de una mujer. El testigo no sabe alemán. También escuchó el sonido de una lucha—un sonido como de raspado de cosas duras.
Cuatro de los testigos mencionados arriba fueron después nuevamente interrogados. Estaban de acuerdo en que la puerta del dormitorio, donde fue encontrado el cuerpo de la señorita L, estuvo cerrado con llave por dentro al momento que llegaron a indagar. Toda la casa estaba en perfecto silencio. Cuando la puerta fue forzada, no se encontró a persona alguna. Las ventanas, las dos hojas de la ventana posterior y de las delanteras, estaban cerradas y muy firmemente aseguradas por la parte de adentro. Una puerta entre los dos dormitorios se encontraba cerrada pero sin llave.
Otra puerta que conducía del dormitorio delantero hacia el pasadizo si estaba con seguro, y puesta la llave en la chapa. Una pequeña habitación al frente de la casa, en el cuarto piso y casi al final del pasadiso estaba sin seguro por lo que vimos que estaba lleno de camas viejas, cajas y enseres del mismo tipo. Esta habitación y toda la casa fue revisada muy cuidadosamente. Se pasó escobillas hacia arriba y abajo de la chimenea. Una pequeña puerta que conducía al techo estaba fuertemente asegurada y se notaba que no había sido abierta por años.
Alfonzo Carcio, de oficio carpintero, dijo que él vive en la avenida Morgue, que es nativo de España. El fue también una de las personas que entraron a la casa. El no subió al segundo piso porque no soporta la excitación. Escuchó las voces que discutían; la voz baja era como la de un francés, y la voz alta era de un inglés— estaba seguro de ello. Dijo que no entendía el idioma inglés, pero lo juzgó así por el sonido.
Alberto Montani, Tendero, dijo que él fue uno de los primeros en subir al segundo piso. Escuchó las dos voces, distinguió varias palabras, uno de los hablantes era francés, la otra voz era muy rápida y no era clara. El piensa que era la voz de un ruso. Este testigo es italiano, y él nunca había hablado a un nativo de Rusia.
Varios testigos fueron interrogados dos veces. Todos ellos dijeron que todas las chimeneas de los dormitorios en el cuarto piso, eran muy angostas como para que un ser humano pase a través de ellas. No hay entrada posterior o escalera por la que alguien pudiese haber abandonado el edificio al momento que los testigos subieron por la escalera delantera. El cuerpo de la señorita L Espanaye estuvo tan ajustado a la chimenea que no pudo ser bajado hasta que cuatro o cinco de los hombres ayudaron a jalarla.
Paul Dumas, doctor, dijo que él fue llamado para examinar los cuerpos a eso de las cinco de la mañana. Para entonces ambas mujeres estaban extendidas en el piso del cuarto donde fue encontrada la señorita L'Espanaye. El cuerpo de la joven estaba muy marcado y rasguñado. El testigo creía que estas marcas y rasguños, a excepción de los que tenía alrededor del cuello, fueron causados al momento que la empujaron hacia arriba dentro de la chimenea.
Se encontró claras huellas de dedos en la garganta, la cara estaba de un color azul claro, y las esferas de los ojos salidos del cráneo. La lengua había sido mordida en parte: también se descubrió una marca grande de color azul en la parte del estómago, esto podría haber sido causado por la presión de una rodilla. En opinión del doctor Dumas, la señorita D'Espanaye había sido muerta por presión sobre la garganta, lo cual le quitó el aire de la respiración.
El cuerpo de la madre estaba bastante cortado. Todos los huesos de la pierna derecha y brazo estaban rotos. Todos los huesos del lado derecho del pecho estaban rotos. Para producir ese daño se hubiera necesitado golpearla ya sea con una pata de mesa, una barra de fierro, o cualquier otra arma pesada dado con fuerza a la víctima. La cabeza de la señora L'Espanaye cuando la vieron los primeros testigos estaba separada del cuerpo. La garganta había sido cortada muy profundamente con algo muy filudo, posiblemente con una navaja de afeitar.
Nada más de importancia fue descubierto, aunque hay que añadir que fueron interrogadas otras personas más. Un asesinato de este tipo, tan misterioso, nunca había sucedido en Paris anteriormente—es decir, si es que vamos a considerar esto como un asesinato. La Policía no tiene idea alguna para empezar a investigar este crimen.
El periódico de la tarde dijo que la policía había arrestado al empleado del banco, Adolfo Le Bon, y puesto tras de rejas, y no hay nada más que agregar acerca de este crimen.

Dupin pareció muy interesado en este asunto; después, al atardecer, él me habló de ello:
-La policía de Paris me parece estúpida. Buscan, examinan, hacen preguntas como si existiese una sola clase de crimen —y una sola clase de criminal— en el mundo. Ellos son activos y pacientes, pero cuando estas cualidades no dan buenos resultados, sus preguntas fallan. Por ejemplo Vidocq, uno de los jefes policiales, era un buen estratega y muy empeñoso en su trabajo. Pero nunca se preparó para pensar con claridad. El creía que teniendo varias ideas sobre un problema, con certeza llegaría a la que es correcta.
El examinaba una cosa my minuciosamente, luego sacaría en claro una o dos cosas, pero no tendría una clara visión del asunto como un todo. Vidocq siempre fallaba porque no sabía que clase de pregunta hacer, nunca sabía cuando examinar algo ya sea en forma general o en detalle.
-Conozco a ese hombre Le Bon, en una ocasión me ayudó, y ahora me gustaría hacer lo mismo con él en todo lo que pueda. Vayamos a ver la casa de Rue Morgue; quisiera verla con mis propios ojos. Ambos conocemos a G--, que aun sigue como Jefe de la policía, de modo que no creo que tengamos problemas para conseguir los permisos necesarios.
Cuando hubimos arreglado el asunto de los permisos con el Jefe de Policía, todavía había suficiente luz solar como para ir a la calle Morgue. La encontramos fácilmente. Había bastante gente observando desde la acera de enfrente, las persianas cerradas. Antes de entrar caminamos hasta la esquina y dimos vuelta por la parte posterior. Dupin examinó toda la vecindad así como la casa, poniendo su máxima atención en ello.
Luego llegamos nuevamente al frontis del edificio, allí mostramos nuestra carta de autorización al oficial a cargo. Subimos la escalera y entramos al dormitorio donde fue encontrada la señorita L'Espanaye, aun estaban allí los cuerpos inertes. Todo estaba conforme los periódicos lo habían descrito bien. Con mucho detenimiento Dupin revisó la habitación, los muebles y hasta los cuerpos, pero dio más atención a las puertas y ventanas.
Después entramos a los demás dormitorios y el patio; un policía siempre nos acompañaba en nuestros movimientos dentro de la casa. Las pesquisas de Dupin demoraron hasta que se hizo de noche. En nuestro camino a casa, mi compañero visitó la oficina de uno de los diarios.
Las costumbres de mi amigo siempre me eran extrañas. No habló más sobre el asesinato hasta la tarde del día siguiente. De repente me preguntó si es que yo había notado algo peculiar en la escena del crimen.
-Nada peculiar- le respondí- nada más que lo que ambos leímos en el periódico- A lo que él respondió:
-El periódico informó solamente de lo que todos conocen. Me parece que este misterio debiera ser fácil de resolver; es muy raro, totalmente diferente de un crimen común. La policía está confusa porque no pueden hallar razones, ni por el crimen en sí ni por la innecesaria fuerza utilizada en el asesinato. También están confundidos por las voces que se escucharon discutir.
Nadie fue encontrado en los altos excepto las mujeres asesinadas, y no había salida para escape excepto por las escaleras. Luego se encontró el cuerpo en la chimenea que había sido empujado hacia arriba, la cabeza de la señora, casi totalmente cercenado del cuerpo. La policía piensa que todas estas cosas tan extraordinarias son dificultades. Pero no lo son. Es a causa de estas diferencias de lo común y corriente que este asesinato puede ser resuelto. La pregunta que debemos hacernos no es que ha sucedido, sino qué ha sucedido ahora que antes no sucedió.
Dupin prosiguió hablando:
-Ahora estoy esperando a una persona que sabe mucho acerca de estas muertes, aunque pueda ser que él no sea personalmente responsable. No pienso que él sea culpable de crimen alguno. Por creer en esto es que tengo la gran esperanza de resolver el problema.
Miré atónito y calladamentea mi amigo.
-Espero ver a este hombre aquí- agregó Dupin- en esta habitación, en cualquier momento. Si es que viene, tendremos que mantenerlo aquí. Toma este revolver; tengo otro: creo que ambos sabemos manejar el arma.
Tomé el arma en mis manos, con escasos conocimientos de lo que hacía. Dupin siguió explicándome:
-Fueron las voces, naturalmente que las voces que se escucharon discutir, las que me dieron la primera idea. Todos los testigos estuvieron de acuerdo que la voz áspera era la voz de un francés, pero la voz en alto, la que hablaba rápidamente debe haber sido una voz extraña: un italiano, un inglés, un holandés, un español y un francés es como trataron de describirla. Y cada uno dijo que tenía un sonido como si fuera la voz de un extranjero. El italiano creyó que era la voz de un ruso, aunque él nunca había hablado con un nativo de Rusia. El inglés creía que era la voz de un alemán, pero no entiende alemán. El holandés estaba seguro que fue un francés quien habló, pero este testigo no sabía hablar francés. El español está seguro que era la voz de un inglés, pero hace la suposición por el sonido ya que él no entiende el idioma inglés. Un francés creía que el idioma hablado allí era español, otro decía que era italiano.
¡Cuan extraño era que gente de cinco países europeos no pudieran reconocer algo familiar en esa voz! Era raro también que ese desconocido personaje solo haya emitido sonidos sin que se hayan podido reconocer algunas palabras
-Aun antes de que nosotros fuéramos a la casa- dijo Dupin-, yo tenía una gran sospecha sobre esa voz; eso me empujaba con seguridad a lo que yo debía indagar. La siguiente interrogante era saber como es que los asesinos escaparon del edificio. La señora y señorita L'Espanaye no fueron muertas por fantasmas, ellas fueron asesinadas por seres de carne y hueso que de alguna manera escaparon. ¿Cómo? Afortunadamente hay un solo modo de pensar sobre esto, y ello debe guiarnos hacia la respuesta correcta.
Consideremos las posibilidades de escape, una por una. Tenemos que concentrarnos solamente en el salón grande de la parte posterior; allí fue encontrado el cadaver de la hija, o quizás en la habitación contigua. Suponiendo que los criminales hubiesen tratado de escapar de esa tercera habitación, o desde el pasadizo, hubieran sido vistos por los testigos que subían por la escalera. La policía ha cavado en el piso, el techo y en parte de las paredes, y no ha hallado pasajes secretos.
Pero yo no confío en su manera de ver las cosas, de modo que yo mismo he hecho mi propia investigación. Está comprobado que no existe un pasaje secreto para salir de la casa. Las dos puertas que conducen al pasaje estuvieron aseguradas con llave desde adentro. Ahora veamos las chimeneas: estas son de ancho normal, con unos dos metros y medio a tres metros arriba de sus bases. Aunque son muy angostas en la parte superior, y no tienen espacio como para que pase un gato grande. Descartadas las chimeneas quedan las ventanas. Nadie hubiera podido escapar por las ventanas de la habitación delantera sin ser vistos por la muchedumbre aglomerada en la calle. Entonces los asesinos tienen que haber escapado por la ventana de la habitación posterior. La policía cree que esto es imposible porque las ventanas fueron encontradas cerradas desde adentro. Pero ahora sabemos que esas ventanas son la única vía de escape.
Hay dos ventanas en la habitación. La parte inferior de una de ellas esta escondida por la cama, la cual esta arrimada a ella, la otra está libre de muebles y fue encontrada bien asegurada por la parte interior. Aun contando con la fuerza de varios policías no se le pudo abrir. Le habían hecho un hueco grande en su estructura y en él se encontró metida una espiga gruesa, casi a la altura de la cabeza.
La otra ventana también tenía introducida la misma clase de espiga en otro hueco semejante al anterior. Se hizo un intento por abrir esta ventana pero también falló. La policía quedó convencida de que los asesinos no habían escapado por esas ventanas. Por esto, ellos consideraban innecesario sacar las espigas para abrir las ventanas.
El examen que hice a estas cosas fueron de las más cuidadosas, yo estaba seguro de que ellos habían escapado por esas ventanas. Me dije a mi mismo: 'Los asesinos escaparon por una de estas ventanas, pero ellos no pudieron haber puesto el seguro por dentro nuevamente, tal como la encontraron. Y sin embargo estaban aseguradas por dentro. Las ventanas deben estar habilitadas para auto asegurarse ellas mismas, no hay otra explicación.' Me acerqué a la ventana que estaba en el claro y le quité la espiga, luego intenté subir la ventana, pero, tal como lo había esperado, ni se movió. Supuse que debía tener un resorte escondido. Me demoré un poco en buscarlo con cuidado hasta encontrarlo e hice presión sobre él. Ante eso ya no tuve la necesidad de abrir la ventana.
Coloqué nuevamente la espiga en el hueco y la miré con detenimiento. Una persona que saliera por esta ventana podría haberla cerrado trás él, y el resorte la hubiera mantenido cerrada, pero no hubiera podido reponer la espiga en su lugar. Esto me llevó a la conclusión de que los asesinos habían escapado por la otra ventana. Me subí a la cama y hurgué por toda la ventana. Encontré que el resorte en esta ventana era exactamente igual al de la anterior, miré la espiga, era también tan gruesa como la otra, y me pareció que también estaba puesta de igual modo que la otra—colocada casi a la altura de la cabeza.
-Pensarás que me sentí confundido; si es así es porque no entendiste mi razonamiento. No podía estar confundido porque no había punto débil en ninguna parte de mi argumento. Yo había seguido el secreto hasta el final - y ese final no era otra cosa que la espiga. La segunda espiga era exactamente igual a la primera, pero este hecho, en realidad, no era tan importante. Lo más importante era que el misterio terminaba aquí.
-Debe haber algo malo con la espiga- dije tocándola, y la cabeza con mas o menos media pulgada de metal cayó en mis dedos. El resto de la uña quedó en el hueco, donde en algún momento había sido roto. Coloqué la cabeza en su lugar, y ello me pareció una perfecta espiga, la parte rota no podía ser vista. Al presionar el resorte, lentamente subí la ventana unas cuantas pulgadas. La cabeza de la espiga subió con la ventana, la cerré nuevamente y también la espiga pareció estar perfecta.
Mi amigo siguió hablando:
-Hasta aquí, el misterio aún no estaba resuelto. El asesino había escapado por la ventana que está tras la cama. El había cerrado la ventana tras él, o bien dejó que se cierre por sí sola y luego se aseguró por medio del resorte. La policía creyó que era la uña la que mantenía cerrada la ventana y por esto ya no miraron más.
Asesinatos en Rue MorgueLa siguiente pregunta fue ¿cómo es que los asesinos pudieron bajar hasta el suelo? Ahora estoy seguro que ellos entraron y salieron a la habitación de la misma manera, de modo que primero veamos como entraron. Cuando dimos la vuelta al edificio, noté un tubo por el que discurre al agua de lluvia, y está a mas o menos a un metro y setenta centímetros de la ventana. Nadie hubiera podido alcanzar la ventana desde el tope de este tubo. Ahora, la persiana de madera es tan amplia como lo es la ventana, más o menos un metro y setenta centímetros y está hecha de una sola pieza. Si esta hoja de la ventana estuviera abierta completamente y dando contra la pared, llegaría hasta unos 60 centímetros del tubo. Un ágil y valiente ladrón pudo estirarse desde el tubo y alcanzar esta persiana, aferrarse a ella, luego soltar el tubo y colgarse de la persiana por la cara que da al interior. Luego con su pie empujaría decididamente en la pared para que la persiana gire hacia el dormitorio y se cierre. Si la ventana estaba abierta, él muy bien pudo introducirse en la habitación.
Naturalmente que se requiere de valentía y una rara habilidad en la persona para poder ingresar de esta manera. Pero he demostrado que es posible, aunque sé que un humano no está capacitado para efectuar esta acción. De acuerdo a esto, pensemos bien sobre esta accción tan rara y las voces que se oyeron tan peculiares. Estos dos puntos de seguro nos resolverá el misterio.
Cuando Dupin terminó de hablar, empecé a comprender su idea pero antes de que yo pudiera expresar mi idea, él prosiguió con su explicación.
-Es una pérdida de tiempo buscar cuales fueron las razones para este crimen. La policía está confundida por los cuatrocientos mil francos en oro, los cuales fueron transportados a la casa tres días antes de lo ocurrido. Este dinero no fue tocado siquiera por los asesinos, pero el empleado del banco que lo llevó a la casa ha sido arrestado. Fue solo un accidente que ambos hechos hallan sucedido casi al mismo tiempo. No dejemos que el oro nos confunda. Si no fue robado, no debemos ocuparnos más de él.

-Ahora hagamos memoria de los principales puntos a indagar, como ser: la peculiar voz, esos movimientos tan fuera de lo común, y la total ausencia de razonamiento en todo ello - consideremos el asesinato de acuerdo a lo dicho. Aquí yace una mujer muerta por la presión de dos manos sobre su garganta: luego ella es empujada hacia arriba de la chimenea, con la cabeza hacia abajo. Seguramente coincides conmigo en pensar que este es un extraño modo de esconder un cuerpo; es muy diferente de nuestras acciones más humanas que realizamos. ¿Conoces algún caso de alguien que haya tratado de esconder un cadáver de esta manera? También me pongo a pensar sobre la extraordinaria fuerza de este asesino. El cuerpo fue tan fuertemente empujado hacia arriba de la chimenea que para bajarlo fue necesario la fuerza combinada de varias personas.
-Discutamos ahora el asunto del pelo - el puñado de gruesos cabellos extraídos desde la raíz, los cuales están sobre la chimenea. Se necesita mucha fuerza para extraer treinta o cuarenta pelos juntos, pero estos puñados tal vez contengan medio millón de pelos. Se necesitaría una inmensa fuerza para arrancarlos de raíz todos al mismo tiempo. El cuerpo de la vieja dama muestra también la terrible fuerza del asesino, su garganta no solamente fue cortada sino que toda la cabeza fue casi cercenada con un solo golpe, y el arma fue solo una navaja de afeitar. -Naturalmente que el doctor se equivocó al decir que fue un arma bastante grande la que se utilizó con madame L'Espanaye. Sus huesos estaban rotos a consecuencia de la caída de la ventana al piso de piedras del patio. La policía no se dió cuenta de esto porque hay una conexión con las espigas: para ellos era imposible que las ventanas pudieran haber sido abiertas alguna vez.
Tengo en mis manos la último, y tal vez la mejor prueba sobre mi argumento. Tomé estos pelos sueltos que estaban fuertemete apretados por los dedos de madame L'Espanaye. Dígame ¿qué piensa sobre ellos?
Le respondí:
-Dupin, este pelo es bastante raro, no es cabello humano.
-No dije que lo era- replicó él- Y las marcas de dedos en la garganta de la señorita L'Espanaye tampoco eran de un humano. Mire aquí: los he copiado en este dibujo, exactamente como constan en la garganta de ella. Ningún dedo de humano podría alcanzar esta distancia desde su dedo pulgar.
Miré el dibujo y me vi obligado a darle la razón.
-Ahora lea- dijo él- esta página del libro de Cuvier sobre animales salvajes de las islas de India del Este.
Era una completa descripción de los más grandes y más fieros animales pertenecientes a la familia de monos, una criatura conocida como orangután. El gran tamaño, fuerza y actividad de la bestia, su naturaleza salvaje y su tendencia a imitar son bien conocidas. Comprendí al instante el completo misterio del crimen.
Después de leer la página dije:
-Esta descripción de los dedos concuerda muy bien con sus dibujos, y los pelos parecen ser los mismos que los de las bestias de Couvier. El que mató a las mujeres debió ser un orangután, ¿pero como puede usted explicar las dos voces que se escucharon?
-Por ahora no puedo dar una explicación sobre la voz áspera, la cual dicen era la voz de un francés, pero tengo una posible solución de la cual espero mucho. Un francés vio los asesinatos, esto debido a que se escuchó su voz venida de la parte alta. Si lo recuerdas bien, se decía que las dos voces estaban en una "fuerte discusión". Creo que es muy probable que el francés estuviera enojado porque la bestia atacó a las mujeres. La bestia pudo haber escapado de él, luego la siguió hasta la casa para capturarlo, pero por alguna razón no pudo o simplemente no lo hizo. Y aun puede que esté libre, la verdad es que creo que está libre, aunque no sé porque no puedo explicar este presentimiento. Si es que el francés no es realmente culpable de estos asesinatos, hará caso a mi aviso publicitario y vendrá para acá; recordarás que visité la redacción de cierto periódico cuando regresábamos a casa la noche anterior, pues bien, les dejé un aviso para que lo publicaran. Este periódico, en particular, ofrece muchas noticias sobre el movimiento de barcos que son leídos por gente de mar.
Dupin me alcanzó un periódico y leí esto:
    CAPTURADO- En el parque Bois de Boulogne, en la mañana de --- (la mañana del asesinato), un gran orangután marrón amarillento, tipo India del Este. El propietario (un marinero de un barco español), puede recuperar el animal si lo describe correctamente. Debe pagar una pequeña cantidad por los gastos. Visitar la calle ---- No., en Faubourg St. Germain.
Le pregunté:
¿Cómo sabes que el hombre es un marinero de un barco español? -No lo sé- replicó Dupin- No estoy seguro de ello. Mira este pedazo de cinta que encontré al fondo del tubo, detrás de la casa de Madame D'Espanaye. Está un poco grasoso, creo que la cinta fue usada para atarse la colita de cabellos que les gusta llevar a muchos marineros. Además, este nudo muy poca gente, aparte de los marineros, sabe hacerlo. Más aun, este nudo es común en España.
Ahora bien, si yo estuviera equivocado con la idea de la cinta, no haría daño a nadie, el hombre pensaría que cometí un error en algún detalle sobre el animal y no le causaría molestia alguna. Pero si tengo razón, obtendríamos una gran ventaja. Probablemente el hombre se diría a sí mismo 'no soy culpable de este asesinato. Soy pobre. Mi orangután es un animal muy valioso y representa para mí una fortuna. ¿Por qué había de perderlo solo por un tonto temor al peligro? Ha sido encontrado en el parque Bois de Boulogne, el cual está lejos del lugar del crimen. ¿Cómo podría saber alguien que un animal mató a esas mujeres? La policía no ha podido resolver el problema, y aun cuando sospecharan de un animal, no hay pruebas de que yo presencié ese asesinato, no hay pruebas de mi culpabilidad. Sobre todo, soy conocido. La persona que puso el aviso me describe como el propietario de la bestia, pero no estoy seguro cuanto sabe sobre el crimen. Si no reclamo este valioso animal, puede causar una sospecha fácilmente. No quiero llamar la atención ni hacia mí ni hacia el orangután. Visitaré al hombre, recuperaré al orangután, luego cerraré la boca hasta que todo haya pasado.
Justo en el momento que mi amigo terminaba de hablar, escuchamos pasos por la escalera.
-Ten lista tu arma pero no la uses ni la muestres hasta que yo te de la señal- me dijo Dupin.
Luego se escuchó que tocaban la puerta de nuestra habitación.
-Entre- le gritó Dupin con voz melodiosa.
Ingresó un hombre. Claramente se notaba que era marinero, alto, de contextura gruesa, su expresión era la de un hombre feliz y honesto. Su rostro, bastante quemado por el sol, estaba oculto en casi la mitad por una crecida barba. Llevaba consigo un grueso bastón, pero no parecía que llevara otra arma consigo. Nos miro y saludó con un buenos días, por su manera de hablar nos dimos cuenta que era un parisino.
-Tome asiento- le dijo Dupin- ¿Viene usted por el orangután? Es un fino ejemplar y sin duda es muy valioso ¿Qué edad cree usted que tiene?
El marinero dio un suspiro de alivio y respondió calmadamente:
-No lo sé, pero no debe tener más de cuatro o cinco años. ¿Lo tiene aquí?
-Oh, no, aquí no hay espacio como para él, está en un establo de la calle Dubourg, pero lo podrá ver mañana por la mañana; naturalmente, ello será después que nos lo describa, de ese modo sabremos que es usted el verdadero dueño.
-Ah, sí señor. Estoy dispuesto a pagarle una buena compensación por haber encontrado al animal, es decir, una cantidad razonable.
-Esta bien- le contestó mi amigo- es buena decisión de su parte. Déjeme pensar un poco, ¿qué puedo querer? Ya sé. Como recompensa quiero que me diga todo lo que sabe sobre los asesinatos en la calle Morgue.
Dupin dijo la última palabra muy despaciosamente. Tan pronto como terminó de hablar, caminó pausadamente hacia la puerta, le echó llave y guardó la llave en su bolsillo. Luego extrajo el arma de su chaqueta y la colocó, también pausadamente, sobre la mesa.
El rostro del marinero se tornó colorado; de un salto se puso de pie y tomó su bastón. Después de esto volvió a caer en el asiento con todo su cuerpo temblando. Quedó callado, y yo sentí pena por él.
-Amigo- le dijo Dupin con voz amistosa-. No se asuste, no le haremos daño alguno. Le doy mi palabra como caballero y como francés que no intentaremos hacerle daño. Sé bien que usted no es responsable por la muerte de las dos mujeres, pero no sería inteligente de parte suya decir que no sabe nada. La situación es la siguiente: usted no ha hecho nada que pudo evitar, nada que lo pueda incriminar. Ni siquiera ha robado en momentos que pudo hacerlo. No tiene nada que ocultar. Al mismo tiempo usted es un hombre honorable, y por esto mismo debe confesar todo lo que sabe. Hay un hombre en prisión en este momento a quien le han acusado por asesinato; él debe ser liberado.
Al terminar Dupin de decir estas palabras, el marinero pareció sentirse mejor, aunque su inicial expresión de alegría se disipó del todo. Atinó a decir:
-Con la ayuda de Dios, le diré todo lo que sé sobre este asunto, aunque no creo que ustedes crean ni la mitad de lo que les voy a decir. No soy culpable de nada, pero les diré todo aunque me cueste la vida.
Esto es lo que nos dijo: él había capturado al orangután cuando estuvo en las Islas Indias del Este. Trajo la bestia a Francia con gran dificultad con el objeto de venderla. El la había asegurado bien en una habitación vacía de su casa en París.
El día del asesinato, había retornado de una fiesta casi en la madrugada y se dio con la ingrata sorpresa de que el orangután había roto la puerta y escapado. Lo encontró sentado frente a un espejo y con una filuda navaja de afeitar en su mano. Trataba de afeitarse. Cuando él vio el arma tan peligrosa en manos de tal bestia salvaje, el hombre cogió un látigo con el cual lo controlaba siempre. El animal al verlo escapó muy rápidamente del cuarto y bajó por las escaleras; a través de una ventana se fue hacia la calle llevando aun la navaja.
El francés lo siguió desesperadamente. Las calles estaban muy tranquilas ya que era aproximadamente las tres de la mañana. El hombre llegó a alcanzar a la bestia, pero dio vuelta por una calle estrecha a la espalda de la calle Morgue. Le llamó la atención una luz que salía de la ventana abierta del piso de Madame L'Espanaye. El orangután se metió a la casa, vio el tubo y trepó hacia arriba con gran facilidad, cuando llegó a la parte superior del tubo, dio un salto hacia la hoja de la ventana abierta y giró directo hacia la cama. La ventana fue nuevamente tirada hacia afuera por acción de la bestia al dejarla. Todo este movimiento, desde el suelo hasta su entrada a la cama, duró menos de un minuto.
Mientras tanto el marinero empezó a sentirse más relajado y ansioso, aun tenía la esperanza de atrapar al animal ya que según lo sucedido, era difícil que hubiera escapado del edificio a excepción del tubo. Al mismo tiempo, se intrigaba por saber qué hacía el animal dentro de la casa. Después de un momento él decidió seguir a la bestia. Por ser marinero no tenía dificultad en trepar por el tubo, pero cuando llegó hasta la altura de la ventana, la cual quedaba a su izquierda y lejos de su alcance, no pudo avanzar más. Todo lo que pudo hacer fue encorvarse para poder mirar que había dentro de la habitación. Lo que vio le causó un gran shock que casi lo hace caer; madame L'Espanaye y su hija habían estado escogiendo algunos vestidos de un cajón cuando el animal cayó sobre ellas. Eso explica los terribles gritos que se escucharon y que despertaron a los vecinos de la calle Morgue.
El orangután cogió a madame D'Espanaye por los pelos como si le fuese a afeitar su cara. Ella se defendió desesperadamente; eso hizo que el animal se enfureciera tanto que le dio un sólo tajo con la navaja que casi le desmembró la cabeza. La vista del charco de sangre hizo que el animal perdiera aun más el control y se abalanzó sobre la muchacha. Con sus poderosos dedos le apretó la garganta a la vez que le mostraba sus dientes y echando fuego por sus ojos. Apretó la garganta de la muchacha hasta que murió. Después de esto, el orangután volteó hacia la ventana y vio a su amo que lo miraba desde la parte exterior de la ventana. Esto hizo que el animal cambiara su enojo por temor, temor al látigo. El orangután como loco se movió por entre los muebles que quedaban destrozados tras sus pasos sin encontrar escape, cogió el cuerpo de la muchacha y lo empujó por la chimenea, donde fue encontrado al final. Luego recogió el cuerpo de la señora y lo tiró por la ventana.
El marinero, sobrecogido y muy asustado, había tratado de calmar al animal. Sus palabras, junto con los fieros sonidos de la bestia, eran oídos por la gente que entró a la casa. Pero él falló por completo en su intento. Lleno de temor se deslizó hacia abajo por el tubo y se fue a su casa de inmediato con la esperanza de nunca más ver a ese orangután.
Aparte de esto, hay muy poco más que agregar. La bestia es posible que haya escapado del piso de la señora D'Espanaye de la misma manera como Dupin lo describió. Seguramente cerró la ventana después que salió. Después el animal fue re-capturado por el marinero y vendido a la Sociedad de Animales de París por una buena suma de dinero.
El empleado Lebon fue inmediatamente dejado en libertad cuando Dupin explicó todo al Jefe de la Policía. Este oficial, aunque muy amigo de Dupin, se enojó un poco y sintió verguenza por el modo como terminó el caso. Mientras dejábamos su oficina, le oímos decir que para otra ocasión esperaba que dejaran a la policía hacer su trabajo sin interferencias.
A Dupin no le pareció necesaria dar una respuesta al oficial en jefe. FIN

NOTA:
1 En cuento La Carta Robada


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