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CARLOS VASCONCELOS

Escritor Carlos vasconcelosEscritor brasileño nacido en Bahia, región del nordeste. Es autor de once libros, varios de ellos de primorosos cuentos.
En el cuento SOL, una atmósfera de misterio y temor rodea al hombre gordo que recien llega. El no se imagina hasta que punto el sol abrazador puede hacer cambiar a la gente.


SOL
Cuento

Carlos Vasconcelos Maia

El tren paró. El hombre gordo cogió el maletín.
-¡Qué desierto! -oyó decir.
Volteó los anteojos ray-ban en dirección de la voz. Una vieja de piel rugosa, el rostro de momia envuelto en un manto sucio de polvo, miraba por la ventanita del tren; chasqueando la boca, soltó un presagio de mal aguero:
-¡Parece cementerio!
Afuera, erguíase paredones cortados a pico, rocas desnudas y blancas como si fuesen de mármol, con uniformidad de necrópolis. El sol, cayendo de lleno sobre las superficies, estallaba con fulgores deslumbrantes. El hombre gordo desabotonó el guardapolvo de viaje, y avanzó dificultosamente por entre los bultos y las personas, pasando por fin a la plataforma. La violenta luz del sol lo hizo tambalearse y cerrar los ojos. Después fue abriendo los párpados, despacio, acostumbrando la vista a la claridad chocante. Descendió del tren. Estaba delante de una estación casi en ruinas. Al nombre de la localidad, desvanecido, le faltaban letras. Brazadas de leña se amontonaban al borde de la vía férrea. Y una banda de mendigos asaltaba los vagones, exhibiendo mataduras y deformaciones. Escondidos en un pedazo de sombra, las espaldas apoyadas en unos barriles, algunos negros, indiferentes, miraban al hombre gordo. El murmuró entre dientes:
-¡Inmundicia!
Del estómago vacío le subía un gusto amargo de bilis. El hambre comía sus entrañas. El calor lo maceraba como una infección aguda. La locomotora soltó un mugido, el coro de mendigos se tornó vehemente. El jefe de la estación en tamanacos, quepí quebrado sobre los ojos, tocó la señal. El espacio se llenó con los chirridos de los frenos de aire, de rugidos de fierro, de bufidos de locomotora. Resoplando penosamente, el convoy comenzó a arrastrarse por la catinga abrazada. Una nube de polvo hizo mover al hombre. Tosió, irritado asegurando el maletín. Pasó junto a los negros que continuaban observándolo, con la misma indiferencia. Se inclinó sobre la ventana del telegrafista:
-¿Dónde queda el comercio?
Un muchachito anémico, bigote ralo, cabello empastado de vaselina, levantó los ojos amarillos del aparato Morse, y estiró el brazo hacia el comienzo de un camino de tierra:
-Yendo por ahí no tiene como perderse.
-¡No hay nadie que pueda llevar mi maletínn? -preguntó el hombre gordo.
El telegrafista hizo una expresión de desconsuelo. Súbitamente abrió la boca, parecía que iba a dar un grito, pero de su garganta salió un llamado quebrado, sin vigor:
-¡Hey, Zé!
Uno de los negros se movió, demoró tiempo en erguirse, refregar los ojos, arreglar los pantalones rotos, y recorrer los cuatro metros que los separaban.
-Señor...
-¿Quieres ganar unos cobres?
-El señor es quien sabe...
-Lleve este maletín al comercio.
El negro no dijo ni sí ni no; esperó que el desconocido se echara a caminar. Entonces fue atrás de él, cojeando como los perros zafados de la cadera. Alcanzaron el camino. El hombre gordo aflojó el nudo de la corbata, y se quitó violentamente el saco, doblándolo sobre el brazo. Constantemente se pasaba el pañuelo por la cara, el pescuezo, la calva, el sudor empapaba el almidonado de su camisa. El sol lo castigaba. Le parecía que nunca se había sentido tan mal en su vida. Todo alrededor era rudo, agresivo. Ninguna copa de árbol, o cualquier mancha de sombra, amenizaba la tierra árida, la dureza del paisaje. Hasta las familias de cactos, agrupadas al borde del camino, eran pardas y ralas como excremento seco. Los peñascos que viera desde el tren se elevaban con fuerza avasalladora. El suelo parecía hervir. Los vapores tornaban el aire caliente e irrespirable. Un silencio intocado, patético, caía inclemente como el sol. Y a cada paso, el hombre gordo juzgaba haber perdido una molécula de sí mismo, que se integraba a la brutalidad primitiva de aquella región adusta y extraña.

Desde una elevación vio el pueblo. Era una única calle sin árboles, que culebreaba acompañando las curvas de un riachuelo tenue, oscuro, inmóvil. Desde allí no se distinguía el menor soplo de vida. Ni gente ni animales, ni siquiera una columna de humo ascendía de las chimeneas. Descendió la rampa. Se veían barriles frente a las puertas, un carro de bueyes sin la yunta, ropa desteñida en los patios, instrumentos agrícolas deteriorados, todo abandonado a su suerte (una guerra, una peste parecía haber caído sobre el pueblo y exterminado a sus habitantes). El negro a su lado, aprovechando la pausa, había dejado la maleta sobre el suelo, y ahora estaba de brazos caídos, la lengua afuera.

La pensión era moscas y silencio. El hombre gordo pagó al negro y batió palmas. La puerta de un cuarto se abrió, saliendo una mulata anciana, refregando los ojos. Desconcertada ante el extraño, hizo cuestión de arreglarse los cabellos rebeldes: se disculpó, no sabía que tenía gente afuera. El la cortó, y contrató hospedaje para tres días. Pidió comida; estaba por desmayarse de hambre. La mujer se avergonzó nuevamente, no había almuerzo, no habían huéspedes, raramente aparecían pasajeros.
-¿Pero usted no come? -dijo el hombre gorddo, impacientándose.
-Si mi patrón no pone cara fea a comida dee pobre...
Vino un gran pedazo de carne salada, frita en tocino, una mazamorra gruesa hecha con harina de mandioca, y cebollas y huevos fritos. El hombre gordo devoró todo, completando el almuerzo con plátanos y agua.

Dentro de la casa el calor continuaba torturando. Era como si el sol arrojase plomo derretido sobre el techo de la pensión. Se quitó la ropa, quedando completamente desnudo. Se estiró en la cama, queriendo y necesitando dormir. Un sueño mórbido, invencible, pesaba sobre sus pupilas, entorpecía su cerebro. El calor no disminuía. La polvareda del viaje se había agregado profundamente a sus poros y, sobre todo, oleadas de moscas zumbantes se posaban sobre su cuerpo, picando su piel irritada. El se movía, el estómago hinchado, luchando por digerir el alimento difícil. De vez en cuando lo acometían mareos y nauseas. El hombre gordo se levantaba sobre los codos, los ojos cerrados, la cabeza bamboleante de somnolencia, eructando dificultosamente. Por fin, se inmovilizó. Era, sin embargo un sueño penoso y agitado. Una realidad amarga envolvía su cerebro. Lentamente llegaba a un riacho oscuro y estancado. Sentía el contacto del agua salobre, pegajosa, caliente de sol. Y no reaccionaba, nunca encontraría fuerzas para reaccionar, el sol entraba en su cabeza anulando su voluntad, disolviendo su cerebro. Se sumergía y el agua lamía su cuerpo como serpientes viscosas. El agua hervía. Los pequeños caramujos que moraban en el fondo lodoso, despertaban, se abrían, echaban chorros de microbios furiosos. De repente, con horror y asco, el hombre gordo comprobó que su cuerpo no era hecho de carne, sino de aquella blanca y repugnante masa de millones y billones de schistosomos.

Despertó inundado de sudor. Espantó el hervidero de moscas que lo cubría. Se irguió. Tenía la boca amarga, la lengua sucia. Abrió la maleta, sacó el frasco de sal de frutas y tomó una dosis exagerada. Miró el reloj. Puesta la piyama, llamó a la dueña y le pidió agua para bañarse. No había agua corriente. No había ducha. Volvió al cuarto, dispuesto a terminar cuanto antes su tarea en el pueblo.

No eran las tres cuando el hombre gordo salió. Aparte del sombrero, llevaba los anteojos de sol, corbata, y una limpia y brillante ropa de lino. El pueblo comenzaba a moverse. En algunas casas abrían las ventanas, una mujer quedó mirándolo, sorprendida. Grupos de criaturas jugaban en la tierra, en las escasas pozas de sombras, en promiscuidad con puercos y gallinas. En una taberna reconoció al negro que le había cargado el maletín: bebía los cobres ganados. El hombre gordo avanzó por la calle desolada, entre casas bajas, achaparradas, casi todas en ruinas. Llegó a la plaza. Vio la iglesia.
-Del lado de la iglesia queda la prefecturra. Del otro lado esta la casa del recaudador -le había explicado la mujer de la pensión.
El hombre gordo golpeó, y precisó golpear tres veces antes que abriesen la puerta. Un hombre seco, piel y huesos, rostro acalaverado, chupando un cigarrillo de paja, asomó con expresión hosca. Pero instantáneamente cambió de maneras, franqueó la puerta a modo de bienvenida, todo él curvado en gentilezas excesivas que el hombre gordo recibía sin conmoverse. Y pedía perdón por haberse demorado en abrir, y por estar de cualquier manera.
-Es este sol...este calor...
-Sí... comprendo... este sol enferma a cuaalquiera... -concordó el hombre gordo sentándose.
-A esta hora toda la ciudad está haciendo la siesta. Nadie aguanta en pie, trabajando, después del almuerzo -se justificaba.
El recién llegado lo cortó.
-Soy Evaristo Peixoto.
-Yo sé, adiviné en seguida... recibí comunnicación de su venida.
-¡Viaje infame! -Quería ir a esperar al señor, puede estarr seguro. Pero al tren se le ocurrió llegar en horario, todo el mundo tiene que haberlo perdido esta vez. Parece a propósito; el desgraciado llegó en horario sólo para que yo no lo fuese a esperar.
-No tiene importancia, no soy persona acosstumbrada a preocuparme por detalles.
-Entonces póngase cómodo mientras me cambiio de ropa.
Evaristo Peixoto entreabrió el saco, y permaneció limpiando meticulosamente los lentes verdes. Las personas de la casa despertaban, sobresaltadas por la interrupción de un extraño. El hombre gordo oía ruidos apagados en los cuartos, voces diversas, niños llorando y una voz de mujer regañando. Se impacientó al escuchar los lloriqueos. Detestaba a las criaturas. El recaudador de impuestos volvió. Evaristo Peixoto se puso de pie:
-Mientras más temprano termine mi trabajo aquí, mejor.
-No hay mucho trabajo -respondió el recauddador-. ¿No se ha fijado? El comercio es pequeño, son pocos los contribuyentes. Esto llegó a tener su importancia, hace muchos años daba una buena renta. Pero este sol...fue este sol...¿Sabe? -y agregó como para sí mismo-: a veces siento como si los sesos se me derriten cuando este sol cae diez minutos seguidos sobre mi cabeza. Y también tenemos el riachuelo...
-Schistosomos...
-Es bueno prevenirse. No beba más que aguua hervida. Sólo tome baño en agua hervida.
-No me gustaría vivir aquï. Terminaría maal. Loco, borracho, asesino: con este sol, uno siente ganas de matar.
El recaudador asintió:
-No hay personas sanas aquí. No puede habber gente normal debajo de este sol. Estoy pidiendo a Dios que el gobierno me mande a cualquier otro rincón. Peor que esto no existe.
Por su parte Evaristo Peixoto también pensaba en sí mismo:
-Mientras más rápido termine, mejor.
El recaudador había abierto un enorme libro de contabilidad:
-El trabajo es poco. Aquí sólo hay una caasa que merece ese nombre. El resto no se puede tomar en cuenta, alguna frutería, alguna tienda donde no hay más que cachaza y cigarrillos. No veo dificultades, basta con que el señor de el visto bueno. Antiguamente, sí, este comercio daba muy buena renta. Pero el sol arrasó con todo. El municipio, hoy en día, sólo exporta cachaza. Es gracioso cómo a pesar de la ruina, aumentó la producción de cachaza.

Ambos se callaron. Evaristo Peixoto sintió las pupilas pesadas como si hubiese perdido varias noches de sueño. Le dolía la cabeza, parecía un mundo de tan hinchada. Las criaturas no lloraban más, pero entretanto las moscas continuaban su música, enervante. Sintió deseos de dejar todo para el día siguiente. Presintió entonces, que si aquella vez cedía, después, siempre sería vencido por el trabajo.
-Vamos a comenzar -dijo.
Los dos hombres salieron. Era media tarde. Ahora el sol lanzaba oblicuamente sus rayos. Con todo el calor no disminuía. Las tienduchas, las fruterías, estaban abiertas. Algunas dependencias públicas funcionaban. Del bar llegó un ruido de bolas de billar. Rechinando, cargado de barriles de cachaza, pasó un carro de bueyes. El sudor volvió a inundar al hombre gordo.
-¡Sol de porquería! -murmuró, entrando al primer establecimiento.

Trabajó hasta después de las ave-marías, y después bajo lámpara de kerosene. Ni siquiera de noche corría fresco por la calle. La tierra exhalaba un vaho caliente, almacenado durante las horas de sol. Cuando Evaristo Peixoto se sintió exhausto, el recaudador lo acompañó a la pensión.
-El trabajo está bien adelantado. ¿No le dije que iba a ser una tontería?
-Estoy loco por escapar de acá. Mañana teerminaré la fiscalización. Pasado mañana, tempranito el tren pasará por aquí ¿No? -Siempre que no se atrase...
-Espero que no se atrase. Este pueblito mme irrita, me da náuseas...
-Al principio me sentía así también.
-Conmigo será diferente -afirmó el hombre gordo.
El recaudador de impuestos bajó la vista, murmurando:
-Tengo fe en que el gobierno me designará para cualquier otro lugar.
Se despidió. En la cama el hombre gordo trató de aflojar los músculos; el cuerpo le dolía despiadadamente. El sueño lo fue entorpeciendo, pero era una inconsciencia atravesada por pesadillas.

El riacho malsano se hinchaba hirviendo con un fuego íntimo, que amenazaba ahogarlo. El pueblo miraba sin hacer un gesto a su favor. Después venían los libros de contabilidad, debes y haberes, operaciones al contado y al crédito. Varias veces se levantó, sintiéndose asfixiado entre números y microbios. Sudando, la respiración cortada, difícil, encendía cigarrillo tras cigarrillo, y los fumaba hasta quemarse los dedos. Despierto, consciente, entonces recordaba, como un perseguido, el paisaje visto desde el tren, los inmensos obeliscos blancos perforando el espacio, flameando al sol y la cara de la vieja momia augurando.
-¡Parece cementerio!
Cuando la angustia se le hizo insoportable, se vistió, salió a la calle y vagó por la catinga hasta que el día clareó.
Barriles de cachaza sobre los carros de bueyes que rechinaban agudamente, criaturas ventrudas mordisqueando barro, puercos, carneros, asnos, pastando en la calle. Vio mujeres feas, deformes, rotas y sufridas, que le parecían asexuadas, que le repugnaban; los pequeños tenderos interrumpían sus trabajos y quedaban mirándolo como si él fuese un animal odioso. El recaudador, a su lado, no cesaba de suplicarle que gestionase, ante sus amistades del gobierno, su traslado a la capital del estado.. El hombre gordo avanzaba, los nervios a flor de la piel, blasfemando contra aquel sol que ya de mañanita lo hacía agonizar. Pararon delante de un almacén de cuatro puertas, fachada pintada, aspecto de progreso, todo lo que contrastaba violentamente con la decadencia del ambiente. El recaudador de impuestos entró primero: -...días, -se desprendió un hilo de voz deesde una red detrás del balcón.
Evaristo Peixoto guardó sus anteojos en el bolsillo. Vio cómo la red oscilaba; alguien se levantó despacito, con pereza. El recaudador hizo la presentación. El señor Miguel no tuvo ninguna cortesía. El hombre gordo quiso extender convencionalmente la mano, pero desistió a tiempo notando que el otro no correspondería. Lo miró de arriba para abajo. No había mucho que mirar. Era como un fruto seco. Pequeño, marchito, amorfo, parecía que nunca hubiese pasado por la adolescencia normal, saltando de una pubertad débil a una madurez anémica. En el rostro amarillo, chupado, sin mandíbulas, de labios finos y nariz insignificante, apenas vivían los dos ojos grandes y protuberantes, con manchas que revelaban un hígado en ruinas. Calzaba tamancos, vestía un pantalón de mezcla azul, camisa de punto arremangada, axibiendo dos bracitos finos. La barriga atonelada era lo único que sobresalía. Arrojó el cigarrillo de paja que mordía, pero no convidó al fiscal a entrar. Ordenó al único dependiente que le instalase una silla, fuera del mostrador. Era un desprecio ostensivo, percibió el hombre gordo.
-Ya recorrí todas las casas, señor Migueliito. Dejé la suya para último, por ser la más importante -remarcó, como devolviéndole la chacota.
El señor Miguel abrió un cajón. Con esfuerzo retiró algunos libros pesados:
-Los libros están aquí -dijo secamente.
-Espero que sus libros estén en orden.
El rostro del dueño de la tienda permaneció impasible. El hombre gordo continuó tratando de amedrentarlo:
-Espero que no me vea obligado a procesarllo, señor Miguel. He procesado a todos los comerciantes de esta plaza. Sólo dejé dos de lado, que me imploraron perdón. Usted sabe, cachaza clandestina. Espero no tener que procesarlo.

El tendero estaba callado y callado se quedó. Por un instante las miradas de los dos hombres se encontraron, penetrándose. El hombre gordo sintió un estremecimiento de asco: aquel muñequito daba la sensación de heder de un modo abominable; le transpiraba su piel verdusca, flotaban sus ojos saltones. Era como estar delante de una hiena. Exactamente: hiena. Absurdo, pues nunca había visto hienas. De todas maneras, deberían de ser así, iguales al tendero. Y entonces experimentó su primera satisfacción desde que llegara al pueblucho: hizo bajar los ojos a la hiena; el hombrecito retrocedió la vista. El fiscal paseó su mirada por la tienda haciendo a los presentes testigos de su poder. Se sentó. El dueño del negocio volvió a la red. Cerró los ojos, se encogió como huyendo del fiscal poderoso. Las horas fueron pasando. El sol subía por el cielo, aumentaba el calor. El fiscal trabajaba, anotando columnas de números, comprobándolas y sumándolas. El recaudador de impuestos lo ayudaba, y curvados sobre los libros, ambos resultaban ahora sorprendentemente parecidos: disparidades físicas de lado, semejaban dos buitres de la misma nidada.

La campana de la iglesia sonó doce veces. Entonces la red volvió a crujir. El señor Miguel se levantó despacito.
-¡Nandinho!
El cajero se estremeció sobre el cajón de kerosene, su asiento habitual.
-...¡Señor!
La voz era fina y débil. El fiscal enrojeció. Levantó la vista de los libros y quedó golpeando el lapicero contra la mesa.
-¿Va a cerrar la tienda?
-Es hora de almuerzo.
-Todavía no he terminado...
-Aquí nadie trabaja entre el mediodía y laas tres.
El rostro del hombre gordo se tiño de color grana.
-Usted puede retirarse. Yo no estoy enferrmo. Me quedaré trabajando. Deje a su cajero acompañándome.
El hombrecito seco estaba parado, inmóvil, y no movió sino los músculos necesarios para hablar:
-Mi cajero viene a almorzar conmigo.
-Entonces trabajaré solo.
Los ojos hinchados del comerciante se clavaron en el fiscal. Por segunda vez se enfrentaban.
-En mi casa quien manda soy yo.
El hombre gordo sintió fuego en las venas. Pero no había otra alternativa. Se dominó.
-Está bien. Volveré a las tres -dijo con una voz que pretendía ser fría. Comprendió que el hombrecito le había ganado la revancha. Cuando llegó a la puerta vio como se dispersaba una insólita multitud de curiosos. No fue a la pensión. El recaudador lo había convidado. No pudo almorzar a gusto. La compañía de aquel hombre vencido, de su mujer envejecida y llena de ceremonias ridículas, de las criaturas barullentas y enfermizas, le provocaba náuseas. Después del café permanecieron con él, sosteniendo una sobremesa absurda. No pudo hacer la siesta que necesitaba. Cuando fueron las tres en su reloj, volvió a ponerse el saco. El sol fustigaba la calle. Ningún animal se movía. Acuclillados, recostados en las paredes de las casas, o formando ruedas frente a las puertas, los habitantes del poblacho cuchicheaban.
-¡Ya se olvidaron de la siesta? -inquirió el hombre gordo, experimentando cierta desazón.
El recaudador habló bajito, casi consigo mismo:
-El pueblo espera.
El fiscal lo miró con extrañeza, percibiendo una impúdica inflexión de miedo en la voz de su compañero. Llegaron. El almacén estaba cerrado.
-¿No quedamos a las tres?
El recaudador volvió a hablar, con cuidado, para no irritar al hombre gordo:
-Usted fue quien quedó. El señor Miguel nno dijo nada.
Evaristo Peixoto sacó su cartera. Tomó un cigarrillo, encendiéndolo. El recaudador le miró las manos: estaban firmes. Por ello habló:
-Señor Evaristo, es mejor que yo lo prevennga.
-¿Prevenir sobre qué?
-Sobre el señor Miguelito.
-Es una bestia...
-Es mejor que yo lo prevenga. No es tan bbestia, así como así, El señor Miguelito es un sujeto diferente a los demás. Está enfermo. Todo el mundo está enfermo aquí, ¿no ha visto acaso? ¿Quién puede estar sano debajo de este sol? Pero él es un enfermo diferente, es mejor que yo lo prevenga.
Como respuesta, el fiscal dijo con desprecio:
-No pasa de ser un cadáver en pie, sin fueerzas para abrir esta porquería.
Desde el cielo, enteramente cubierto por un azul metálico y duro, el sol implacable continuaba echando fuego sobre el poblacho en ruinas. Detrás de los tejados, contra un fondo desolado y lúgubre, los obeliscos estallaban en luz solar.
-...El señor Miguelito no es un buen puntoo -continuaba el recaudador nerviosamente-. No admite que se metan en su vida. Y tiene una manía: detesta a los fiscales.
El hombre gordo crispó su rostro, súbitamente interesado.
-¡Ah!
-Me olvidé de avisarle. No sé como no le avisé desde ayer. Siempre prevengo a todos los fiscales que caen por el pueblo. Y además, el señor Miguelito entiende de contabilidad. ¿No ha visto sus libros? Están en orden: no va a encontrar nada en ellos. Es mejor no ir más adelante. Ponga el visto bueno y se acabó. Los fiscales siempre hicieron eso, aunque supiesen, como yo sé, como todo el pueblo sabe...
Dejando a medias su pensamiento, el recaudador se interrumpió y miró a los lados; luego bajó la voz:
-Todo el mundo sabe que el señor Miguelitoo tiene barriles y más barriles de cachaza sin timbres en un depósito al fondo del almacén.
El hombre gordo presintió algo más que un simple consejo de colega, en el cuchicheo del recaudador. Evaristo Peixoto husmeó alguna intriga, es decir, tuvo la certeza de que era empujado a una situación que el otro jamás tuviera el coraje de afrontar.
-¡Ah!
-Pero no vale la pena investigar. No comppensa ¿Sabe? El señor Miguelito es un tipo extraño. Todos los fiscales que aparecen por aquí terminan dándole la razón. Estamos en el fin del mundo, la policía y la política son del señor Miguelito, no ganaríamos nada plantándonos firmes. Y con este sol... este sol acaba con cualquiera.
El hombre gordo extrajo su pañuelo y se secó el sudor; volvió a mirar a los inquietos pobladores que parecían aguardar, refugiados en los filos de sombra.
-¡Ah!
Llamó a un muchacho y le dio una moneda. El muchacho salió corriendo, llevando su recado a casa del señor Miguelito. Los pobladores se agitaron como maizal al viento. La respuesta no demoró mucho.
-El señor Miguelito dice que por hoy bastaa.
El fiscal gritó algo para ser oído por los vecinos:
-¡Este perro no juega conmigo!
Una segunda onda de excitación sacudió a la multitud. Otras cabezas se juntaron a las que ya estaban en las ventanas. Desde el suelo subía un vaho ardiente.
-Pues dígale al miserable ese que entoncess yo iré a buscarlo.
Nervioso, empapado de sudor, el recaudador de impuestos acomodó el recado: que el señor Miguelito hiciese el favor de abrir el almacén, pues el señor Evaristo deseaba viajar al día siguiente. Nueva espera bajo el sol angustioso, rodeados por el asombro del pueblo enfermo y degenerado.
Fue el propio señor Miguelito quien apareció. Acompañado del cajero llegó despacito, el mazo de llaves en la mano, el quitasol abierto sobre la cabeza, arrastrando los tamancos que golpeaban en la tierra dura. Pronunció un frágil "buenas tardes" y abrió la puerta. Evaristo Peixoto observó su calma: ni una gota de sudor manchaba la piel del hombrecito: parecía inmune al sol y al calor.

Halló los libros sobre el balcón, igual como los había dejado. Los abrió aunque sabía que era inútil continuar inspeccionándolos; no era allí donde encontraría el fraude. Con todo, mientras tomaba una decisión, fingió trabajar. Una arruga tensa marcaba su frente, uniendo ambas cejas. Esperaba que el señor Miguelito se recostase en la red, pero esta vez se acomodó detrás del escritorio, justamente entre el balcón y la puerta que daba al fondo. El fiscal respiró fuerte como para controlar las palpitaciones. Por encima de los anteojos observaba al hombrecito seco: sentado, inmóvil, el señor Miguelito caía para un lado como si le faltasen fuerzas para mantenerse erecto. Sus ojos protuberantes y amarillos no expresaban nada. El hombre gordo los sentía fijos sobre él y no pudo dejar de inquietarse. Pronto cerró el último libro.
-Su contabilidad está en orden.
-Ya sabía eso -respondió el otro.
Sobrevino una larga pausa. El silencio era tan opresivo que todos lo sentían físicamente.
-Sin embargo, necesito examinar su mercadeería.
El señor Miguelito sostenía la mirada del fiscal; sus ojos no pestañeaban.
-Si los libros están conformes, lo demás nno es de su incumbencia.
-Necesito examinar su mercadería -insistióó el hombre gordo, como si no hubiese escuchado; y prosiguió fríamente-: sé que usted tiene mercadería clandestina en los fondos del almacén. Cachaza. Está sin timbres. Y yo voy a procesarlo.
El dueño de la casa permaneció callado. El recaudador de impuestos quiso intervenir:
-Ya le estuve explicando...
El fiscal lo apartó con el brazo.
-¡Voy a examinar la cachaza!
El hombrecito seco volvió a hablar:
-Jamás un fiscal ha transpuesto este balcóón. Y ahora tampoco. ¿Sabe?
El hombre gordo se volvió hacia el recaudador:
-Vaya a llamar al prefecto.
El otro salió. El fiscal no se movía. El señor Miguelito tampoco. El recaudador volvió:
-El prefecto no está. Viajó de madrugada..
-Llame entonces al delegado.
-También salió...de mañana temprano...
> Evaristo Peixoto respiró profundamente:
-Tráigame al subdelegado.
-Está en su chacra desde el mediodía ¿No sse acuerda que le estuve explicando? Estamos en el fin del mundo... Y con este sol...
El hombre gordo estalló.
-Cierre la boca cobarde. Va a ser dimitiddo de sus funciones. ¿Qué clase de funcionario es, que deja a un contribuyente burlar impunemente las leyes? Vamos traigan dos testigos.
-No vendrá nadie:
Dentro del almacén, el fiscal adivinaba la expectativa de los que estaban afuera, aquellos moradores degenerados que sólo buscaban una sombra para esconderse y atisbar, muertos de miedo de aproximarse demasiado. Y la luz solar castigaba los tejados, cayendo ferozmente sobre el lugarejo quemado. El leve ruido de una gaveta abriéndose alertó al hombre gordo. Vio al cajero apartarse hacia un rincón, al recaudador desaparecer de su lado. Se sintió completamente solo. Las manos del señor Miguelito ya no estaban sobre el escritorio. Un escalofrío desagradable corrió a través de su espinazo.
-Necesito examinar su mercadería -dijo, coomo si tararease el estribillo de una canción fúnebre.
El dueño del almacén no respondió. El hombre gordo sudaba por todos los poros. El sudor bañaba la frente calva, empapaba el cuello de la camisa y la pegaba contra su cuerpo. El gusto amargo de la bilis hinchaba su lengua. Su estómago se contraía. Dulcemente descendió la mano hasta el bolsillo de su pantalón. Entre sus dedos, delicada como una flor, apareció una pequeña pistola.
-Tengo que examinar su mercadería -y a pessar de todo, su voz era segura.
El hombrecito seco sentado tras el escritorio, inclinado hacia un lado, las manos escondidas, no se movía. El fiscal avanzó. Las pulsaciones de su sangre repercutían en su cerebro como una conmoción sísmica. Sus oídos se ensordecían con los golpes de su propio corazón. La aguda percepción que tenía de todo lo que se hallaba a su alrededor, y la conciencia de lo que había ido a hacer y de lo que estaba decidido a hacer, se entremezclaba en su mente. Sólo veía los dos ojos protuberantes que lo miraban fijamente. Quiso saltar el balcón: sus piernas no lo dejaron. Quiso apretar el gatillo: su dedo estaba agarrotado. Entonces su brazo comenzó a caer lentamente, y luego la gaveta del escritorio se cerró despacito, con tranquilidad. Dio las espaldas al señor Miguelito y paso a paso se fue retirando; llegó a la calle, caminó bajo las miradas de los desgraciados aquellos, y entonces, siempre alejándose, supo que, irremediablemente, también él era uno de ellos.

ACERCA DEL AUTOR Y SU OBRA:

Carlos Vasconcelos Maia, Santa Inés, Estado de Bahía, Brasil (1923). Los primeros cuentos de Vasconcelos datan de 1946. El presente cuento fue traducido por Abelardo Gómez Benoit y fue publicado en una colección de cuentos brasileños por el escritor y editor peruano, Enrique Congrains Martin.

Análisis del cuento Sol
Cantidad de palabras: 4420
Formato: Cronológico lineal, contado en tercera persona, tiempo pasado.

En El Sol estamos ante un ejemplo de cuento atmosférico y psicológico. Este tipo de cuento ya no es tan popular como en época de Edgar Allan Poe, Antón Chejov y Horacio Quiroga, pues debido a cambios en el gusto de los lectores, empezó a decaer a partir de la segunda mitad del siglo pasado.
La característica más saltante de este cuento es la descripción de ambientes exteriores que, como en este caso, afecta a los personajes. Estos, a su vez, accionan y reaccionan de acuerdo a esos elementos exteriores. Son tres los elementos que tenemos a nuestro derredor, y Vasconcelos Maia teje su historia en base a esos elementos y crea conflicto y suspenso. De este modo el autor apela a emociones como el temor, la aflicción, etc. Pero esta obra es un poco más compleja de lo que parece. Tiene un fondo psicológico: los personajes tienen una fuerte caracterización, el comerciante, Miguelito, de físico esmirriado es frío pero de gran carácter; y el hombre gordo, Evaristo Peixoto, de gran físico y con poder político tras él, aparenta ser también muy fuerte anímicamente. Pero este último se desmorona al final debilitado por el ambiente hostil que lo rodea.

Los elementos a los que todos ellos tienen que enfrentarse son: la localidad, el color y la atmósfera. Esta última se crea por efecto de las dos primeras. Veamos como Evaristo va aprendiendo lo que es el nuevo pueblo: cuando la vieja de piel rugosa que llega en el mismo tren del hombre gordo, dice: "¡Qué desierto!", refiriéndose al pueblo. El señor gordo la escucha y obtiene en forma indirecta un avance de lo que es el pueblo por las afueras. Después, la vieja agrega: "¡Parece un cementerio!" que va como la confirmación de lo dicho antes.

No hay subjetividad aun de parte del protagonista, el señor gordo. La historia es contada más bien en forma objetiva. No hay introspección en la mente del personaje principal, pero se supone que él está intuyendo lo que le espera más allá. Toda esa información primera que él está obteniendo es sugerida. Cuando el hombre gordo baja del tren, ya puede ver en forma directa lo que es la localidad: un lugar nada atractivo, "con rocas desnudas y blancas como si fuesen mármol, con uniformidad de necrópolis... El sol cayendo de lleno en las superficies, estallaba con fulgores deslumbrantes. El hombre gordo desabotonó el guardapolvo de viaje...". Al desabotonarse el guardapolvo, el hombre gordo ya está siendo víctima del ambiente, está sintiendo el agobiante sol directamente y hasta el lector lo puede percibir. La atmósfera planeada por el autor está funcionando de maravilla.

Al llegar al centro del pueblo, el hombre gordo sufrirá aún más por el sofocante calor, la escasez de agua, las moscas y la desesperante inacción de la gente que parecen vivir conformes con su pobreza. En cambio, el hombre gordo ha llegado al pueblo lleno de grandes ímpetus, exhibiendo su aplastante personalidad, y apoyado por el poder político del cual está investido. El contraste es notorio. El recién llegado mira a esa gente con desprecio, inclusive, al comerciante más poderoso del pueblo, un hombrecito de apariencia débil. El hombre gordo cree poder vencerlo en una confrontación de cualquier tipo.

Vasconcelos emplea una técnica muy depurada en la construcción de párrafos de doble propósito. La sensación de movimiento y acción lo dan los verbos. Se intercala descripción de ambiente con acción del protagonista sobre la forma cómo él reacciona ante la atmósfera creada. Por la narrativa dinámica a Vasconcelos se le puede considerar como a uno de los grandes de la literatura brasileña.

Como ejemplo de narrativa dinámica en un cuento, veamos el siguiente trozo, de la parte cuando él está caminando de la estación del tren hacia el centro y a la vez que camina, acciona partes de su cuerpo: "...El hombre gordo aflojó el nudo de su corbata, y se quitó violentamente el saco, doblándolo sobre el brazo. Constantemente se pasaba el pañuelo por la cara, el pescuezo, la calva, el sudor empapaba el almidonado de su camisa. El sol lo castigaba. Le parecía que nunca se había sentido tan mal en su vida. Todo alrededor era rudo, agresivo... Los peñascos que viera desde el tren se elevaban con fuerza avasalladora. El suelo parecía hervir... Y a cada paso, el hombre gordo juzgaba haber perdido una molécula de sí mismo, que se integraba a la brutalidad primitiva de aquella región adusta y extraña.". Hay que notar que aquí la descripción directa del ambiente físico, va acompañada de caraterización del hombre gordo que sigue formándose una mala imágen del nuevo pueblo.
Nosotros los lectores casi podemos sentir el calor agobiante que siente Evaristo. En la narración no se dice que el sol lo quemaba sino que "el sol lo castigaba" no dice por ejemplo "el sol lo quemaba" sino "el sol lo castigaba" que es una figura metafórica de más amplitud. Al comienzo del cuento también se lee que el hombre gordo volteó los ray bans por decir que volteó la cara con anteojos ray ban; con eso nos damos cuenta que el hombre gordo es un hombre de ciudad y de cierto nivel económico, pues esa marca de anteojos es cara para la gente de bajos recursos económicos.

En la escena final, cuando las cosas han llegado a la cúspide del conflicto, el hombre gordo queda paralizado por el desgaste físico y psíquico que le ha causado el sol y todo lo que lo rodea. Es incapaz de ejercer su poder para imponer la ley. En cambio, el frágil Miguelito es quien sale victorioso debido a que ha sabido adaptarse al medio; no ha perdido una sola gota de sudor y mantiene firme el pulso, mientras que sucede lo contrario con Evaristo. Aquí hay algo de western norteamericano cuando ambos estan por extraer su arma y ver quien dispara primero.
Esa derrota convierte al poderoso hombre gordo en uno más de los casi autómatas pobladores de aquel lugar. En resumen, este cuento es de atmósfera porque la localidad tan calurosa y el colorido de su paisaje (agreste) y su gente tan temerosa y conformista, nos dan una sensación que puede ser diferente en cada lector. En el otro plano, el conflicto psicológico de dos mentes agobiados por el mismo sol pero con diferente contextura, colisionan y sale airoso no el más fuerte físicamente sino el mejor adaptado a su medio ambiente. Y como el hombre gordo es el protagonista del cuento, tenemos un caso de fracaso en la consecución de su propósito. Pero el antagonista no es solamente Miguelito, el medio ambiente actuó como aliado del comerciante, aunque esto último se puede discutir un poco más desde el punto de vista de hombre vs. naturaleza.

Rolando Sifuentes, febrero 2008
Página Actualizada en diciembre 2015