Orión - ezine de divulgación literaria

Horacio Quiroga, escritor uruguayo El cuento corto A la Deriva de Horacio Quiroga es uno de los cuentos emblemáticos del autor uruguayo. En su época, Quiroga fue el más moderno de los narradores latinoamericanos. Sus temas preferidos fueron la selva y la muerte.

MAS CUENTOS:



A LA DERIVA


Cuento

Horacio Quiroga

El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
—¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo. ¡Dame caña!
—¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.
—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
—Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú. El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez—dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
—¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
—¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente. De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
—Un jueves...
Y cesó de respirar.







Horacio Quiroga, Uruguay, 1878-1936- Con Horacio Quiroga empieza el cuento moderno en español. Se dice que es el padre de todos los narradores modernos de nuestros países de habla hispana. Su vida fue signada por la muerte y supo tratar muy bien este tema en sus obras literarias. Horacio Quiroga murió en 1936 en acción de sus propias manos.

Análisis del cuento "A la Deriva"
Cantidad de palabras: 1140
Formato: Contado en tercera persona, tiempo pasado cronológico lineal.

Quiroga es un gran especialista en el cuento corto como se evidencia en A la Deriva. Este tipo de cuento es a veces muy difícil de manejar porque se debe desarrollar la trama (si la hubiera), en más o menos mil palabras. En este caso no hay trama y la historia está basada sólo en un evento o situación, algunos también lo llaman cuento de circunstancias. El autor planea la acción de acuerdo a un objetivo - esto es: ¿hacia dónde se quiere conducir el efecto emocional?.
A finales del siglo XIX y comienzo del siguiente: Nicolai Gogol, Guy de Maupassant y Antón Chéjov, son los que ponen la pauta en este tipo de cuento, pero Quiroga es considerado el más el más moderno.
A la Deriva se desarrolla en una apacible parcela de tierra selvática de la Argentina, donde vive "el hombre" con su familia. De repente sucede el evento o situación: una víbora muy venenosa muerde al hombre y con ello cambia su situación, todo cambia, la muerte está presente por todas partes, lo que antes era bello se torna en hostil.
Veamos algunos ejemplos de los autores arriba mencionados. Tomemos el cuento Una Tarde de Mayo del ruso Nicolai Gogol. Aquí Gogol empieza y termina con un evento que dura toda una primaveral tarde. Al principio todo es alegría alrededor de la casa de Ana. Ella está muy contenta mientras hay algarabía y conversa con su novio, pero éste saca a colación una leyenda sobre una desgracia que sucedió en la laguna cercana. Acaba la fiesta, todos se van yendo y se acerca la noche, luego el amigo también se va y ella, al quedar sola, empieza a sentir temor ante los recuerdos de la historia y la caída de la noche. Todo ha funcionado de acuerdo a la causa y efecto, la nueva atmósfera sórdida ha afectado a la joven y ha pasado de la alegría al temor.
Lo mismo sucede en el cuento Un Día de Campo de Maupassat. La familia Dufour se va de paseo por el campo de las afueras de París para gozar de la naturaleza. Todo es alegría, sol, vegetación y aire puro que los hace reaccionar positivamente. Ellos están tan influenciados por el ambiente que cuando la madre y la hija conocen a dos jovencitos muy simpáticos, que también están de paseo, no pueden resistirse a la atracción que ejercen los dos muchachos sobre ellas. Sucede entonces que se produce entre ellos el juego amoroso en el esplendoroso día y a solas entre la tupida vegetación.
A los dos meses el joven que gozó con la hija en su guarida del bosque, va a visitarla pero no la encuentra y la madre le dice que ella ya se ha casado, a su vez pide al muchacho que por favor avise a su compañero para que la visite.
Al parecer esta es una historia plana e intrascendente para nuestros días, pero no lo era tanto en esa época, pues, aplicando la causa y efecto, deducimos que la hija debió de casarse apresuradamente con el mas sonzo por que ya no era virgen, algo muy importante por esos tiempos. Como se ve, no hay trama ni complicaciones, sólo estampas de la vida pueblerina y cosas de la vida que van sucediendo de acuerdo a la causa y efecto, una cosa lleva a la otra.

En el tercer ejemplo tenemos el cuento La Boticaria de Antón Chéjov que ud. puede leer en este mismo sitio. Aquí dos militares caminan a media noche cerca de una botica, de repente a uno de ellos se le ocurre entrar a ella y comprar algo tan solo por tener la oportunidad de hablar con la boticaria y así lo hacen, pero las cosas no salen según lo planeado. Esta obra es un poco más profunda que las anteriores ya que tiene implicancias psicológicas. Al final todos quedan frustrados y más tristes que antes.

Como se ve, en los tres casos anteriores no hay trama o cuando la hay, como en el cuento de Chéjov, es muy débil. Lo principal en estos cuentos es el cambio de atmósfera y como afecta a los personajes ya sea positiva o negativamente. En A la Deriva, el cuento empieza violentamente, como estila Quiroga en algunos cuentos. El hombre pisa una víbora venenosa casualmente y ésta reacciona instintivamente como todo animal, mordiéndolo. De allí para adelante son varias horas de sufrimiento para el hombre. Se describe el proceso de la muerte que viene a ser el efecto de la mordedura. La esposa no reacciona adecuadamente y eso aumenta la angustia del hombre, luego él trata de llegar al poblado más cercano bajando en su canoa por el río, pero la exuberante vegetación, las aguas arremolinadas del río que antes le eran hermosos, se tornan en una atmósfera de temor y de soledad terribles para el hombre. Seguramente en esos momentos de angustia pudo haber comprendido como funciona la naturaleza, pero ya es demasiado tarde. Así como ella nos da la vida también nos la puede quitar de un porrazo.

El tema que se plantea puede ser que nacimos para morir y debemos ser conscientes y aceptarla con la mayor dignidad, en eso nos diferenciamos de la víbora y los animales en general por ser irracionales.
El cuento en su mayor parte es contado desde un ángulo objetivo. El autor se refiere al protagonista como "el hombre", y es su mujer quien pronuncia su nombre, Paulino, por única vez, eso hace al protagonista algo despersonalizado y más tipológico. Esto también ocurre en su cuento El Hombre Muerto, escrito unos años después del cuento que estamos comentando. En este otro cuento no se llega a conocer el nombre del protagonista que muere también por accidente y también por su propia culpa. El hombre pisa mal al tratar de cruzar una alambrada de púas construida por él mismo y cae hiriéndose de muerte por su propio machete. Aquí surge una pregunta ¿Quiso Quiroga mostrarnos una parábola? ¿Somos depredadores de la naturaleza y ella nos castiga? El tema de la muerte es muy amplio y cada uno puede interpretar el cuento según lo perciba. Para algunos podría ser que el hombre que debe ser racional, cava su propia tumba al reaccionar como un animal. Paulino pisa a la víbora por descuido. El debió tener en cuenta que ése era el habitat natural del ofidio y respetar su sitio, y en el caso del hombre que muere al cruzar la alambrada, también muere por desidia al no caminar unos pocos pasos más y bordear la alambrada, una alambrada que también atenta contra el libre tránsito de la gente y animales, y cae en su propia trampa.

Para Quiroga, pues, la gente no muere por morir sino que el hombre, al romper la armonía que Dios creó en la tierra, cava aceleradamente su propia tumba. Esto se hace patente hoy en día al estar nuestro planeta sufriendo los efectos del calentamiento global.



Click en enlace para encontrar a los Poetas peruanos de todos los tiempos.