Orión - ezine de divulgación literaria




FRANCISCO IZQUIERDO RIOS

Cuatro de sus más representativos mini cuentos - de carácter anecdótico pero con personajes universales y la atmósfera provinciana de cada pueblo se percibe
ya sea de ambiente serrano o selvático.

EL HERMANO BURRO


El niño y el hermano burro dan una lección al padre impositivo

Francisco Izquierdo RíosLenguas de luna entraban en la sala por las puertas y ventanas abiertas; al centro se hallaba sentado en un sillón don Irineo, dormitando los humos de una borrachera. A don Irineo le gustaba frecuentar las tiendas de Baco. Siempre estaba achispado.
En esa condición no permitía que nadie lo molestara. De manera que dicha noche reinaba en la casa profundo silencio; la familia se había recogido en las habitaciones interiores. Sólo en la huerta, blanqueada de luna, un ligero viento bisbiseaba en los ramajes de los altos guabos y cocoteros; así como un burrito, irreverentemente parado en el mismo umbral de la puerta de la calle, de cuando en cuando, urgido por alguna comezón, golpeaba los cascos con violencia en el suelo.
-¿Quién se atreve a turbar mi sueño?- rugiió don Irineo; y como en ese momento el burro golpeara nuevamente los cascos, se dio cuenta de que era aquel; entonces llamó a uno de sus hijos:
-¡Teodoro!
-¡Papá!- se presentó el muchacho.
-¡Saca de allí a tu hermano!- le ordenó ell viejo señalándole al burro.
Teodoro se acercó al pollino orejudo y cogiéndolo amorosamente del pescuezo, le dijo en voz un tanto alta, para que oyese don Irineo:
-Hermanito, dice papá que vayamos a dar un paseo por la plaza.


EL MUERTO

Mini cuento de Izquierdo Ríos con humor negro

En Tayén, ciudad serrana del Perú, vivía hace algún tiempo un hombre muy amigo de la holganza como la cigarra de la fábula. Su mujer día y noche tejía mantas de lana. No tenían hijos.
Aquel hombre era barbudo y usaba siempre poncho bayo terciado al pecho, sombrero de paja alón a la pedrada y toscas botas.
Al influjo de copas ligeras recorría la ciudad pronunciando discursos en las esquinas y plazuelas, bailando huaynos y marineras, diciendo versos galantes a las mozas, o se sentaba en el poyo de un corredor a imitar con la boca y las manos un fogoso bordoneo de guitarra.
Recorría también la ciudad en su caballejo blanco y crinado, dándose ínfulas de consumado chalán.
Agotaba todos los temas de la Historia del Perú en sus discursos.
Esta clase de vida, por supuesto, no era del agrado de su consorte, sentimiento que sin embargo, no preocupaba en lo más mínimo al atorrante de don Lucas, que así se llamaba nuestro personaje. "La vida no es para estar con enojos, linda palomita" le decía graciosamente a su mujer.
-¡Eres peor que el shiuín!- le reprochaba aquella, aludiendo al pájaro holgazán de ese nombre, que no tiene nido, que vive andando en la noche y durmiendo durante el día en cualquier parte.
El viejo Lucas, por toda respuesta, le decía una galantería o un verso. Y se salía a su mundo: la calle.
Un día decidió comprobar si le amaba o no le amaba su mujer. Cuando ella fue al mercado, se proveyó de cuatro grandes cirios y un crucifijo, tendió al medio de la sala una manta, a cuya cabecera ubicó el crucifijo, encendió los cirios, los colocó en los extremos superiores e inferiores de la manta, y calculando que su mujer ya iba a llegar se acostó en el cobertor, haciéndose el muerto. En verdad, entre los cirios llameantes y el Cristo, parecía un cadaver el viejo.
Doña Liboria, que así se llamaba su mujer, al abrir la puerta de la casa se dio de bruces con el lúgubre cuadro; lanzó un grito, arrojó su cesta de vituallas, se abalanzó sobre su marido, y cogiéndole de la barbilla le dijo llorando: "Luquitas, Luquitas de mi vida. ¡Por qué te has muerto! ¡Ahora qué será de mí!".
"No te aflijas, mujercita. ¡Estoy vivo!" le habló el socarrón, levantándose y corriendo, a saltos como un cabro, a la calle.

LADISLAO EL FLAUTISTA

¡El corazón de los niños estaba en suspenso!

-¿Oyes, maestro?
-¿Qué?
-Flauta.
Y toda la clase se sume en religioso silencio.
A cual más, los muchachos tratan de oir, levantándose de las carpetas.
-¡El Ladislau!
-¡Sí, el Ladislau!
-Sólo el Ladislau, maestro, sabe tocar así la flauta.
-No puede ser Ladislao, niños. Su padre, hace poco, me ha dicho que está ausente y que ya no regresará al pueblo. Ha ido a Chachapoyas, donde su madre.
-El Ladislau es, señor. Ha llegado ayer, al anochecer, con la lluvia. Yo lo he visto.
La escuela es ya un revuelo.
En todos los labios tiembla el nombre de Ladislao. Y una profunda ola de simpatía cruza la escuela de banda a banda.
-El Ladislau es, señor... Allí está su cabeza.
-Sí, maestro. Allí está,véalo, véalo usted. Está mirando por el cerco.
Efectivamente, la cabecita hirsuta de Ladislao aparecía por sobre el pequeño cerco de piedras de la escuela.
-Zamarruelo... Vayan a traerlo.
Y tres de los muchachos más grandes de la clase van como un rayo en su busca, y después de un rato vuelven sin haber podido coger a Ladislao. Y sólo dicen:
-Señor, se escapó a todo correr, como un venado, por el monte.
-¡Qué raro!-exclama el maestro. Ladislao se está volviendo vagabundo. ¡Qué lástima, un buen muchacho!
Y todos recuerdan con pena al compañero que tantos deliciosos momentos dio a la escuela con su arte. Parecía que Ladislao hubiera nacido con el divino don de tocar la flauta y de hacer flautas de carrizo como nadie.
Todos recuerdan aún que, cuando un grupo de comuneros del pueblo salió a explorar la verde e inmensa selva que empieza al otro lado del cerro, fue él quien iba adelante tocando la flauta, acompañado en el tambor por Macshi, otro muchachito, hasta la loma de las afueras, donde se despidió a los valientes exploradores. Y, además, todos recuerdan nítidamente su inseparable poncho raído, con color de tierra ya por el demasiado uso, y su cabeza enmarañada y rebelde como los zarzamorales de las quebradas.
-El Ladislau se ha vuelto así diz, maestroo, porque mucho le pega su madrastra.
-Sí, algo he sabido. ¡Pobre muchacho!
-A mí me ha contado así, señor, llorando...
-Por eso diz que vive así, señor, andando por todos lados, por todos los pueblos.
-Ahora diz, señor, no ha llegado a la casa de su padre. Ha llegado donde la mama Grishi.
-Su padre ya ni cuenta hace de él diz, señor. Lo ve como un extraño.
-Y ahora diz, maestro, se va a vivir ya en la mina.
-¿En las minas de sal?
-Sí diz, señor.
-¿Y su madre?
-Diz, señor, que está enferma en Chachapoyas y, precisamente, él quiere trabajar para ayudarla.
-Y por eso diz, maestro, ya no vendrá más a la escuela.
En ese momento, volvieron a oirse lejanas notas de flauta que como sollozo de niño abandonado hacían florecer en la escuela todo un rosal de emoción perfumada de tristeza.
¡El corazón de los niños estaba en suspenso!
En la huerta, bañada por la luz de oro de un jovial sol mañanero, hasta los finos álamos parecían agobiados de pena.
Ladislao el flautista, se alejaba para siempre de la escuela.

EL GORRION

Peripecias de un provinciano en la gran urbe

José Vilca tenía mala suerte. No encontraba trabajo. Hacía tiempo que lo venía buscando por todo Lima. En los restaurantes le decían que el personal de mozos estaba completo o que había llegado tarde.
"¡Qué suerte!— se lamentaba José Vilca. Si hubiera venido a tiempo ya tendría trabajo... Siquiera algo de comer..."
Y como un pesado escarabajo se movía por las calles de la ciudad, con los zapatos rotos, por cuyos agujeros miraban sus dedos tímidamente la vida, con el traje de color ambiguo y raído, sin sombrero, el pelo muy crecido como las zarzas de las cercas de su pueblo, pues no tenía dinero ni para hacércelo cortar.
José Vilca sabía leer. Así que una tarde, al pasar frente a una regia mansión, se fijó en un cartelito colgado en la reluciente verja de hierro: "SE NECESITA UN HOMBRE PARA CUIDAR PERROS". Iba a tocar el timbre, pero se desanimó pensando que no lo aceptarían; su dedo índice que iba a oprimir el botón se contuvo con desgano... No estaba en condiciones ni para cuidar perros...

Algunas veces trabajaba alcanzando adobes y ladrillos en las construcciones de casas que encontraba a su paso. Ganaba unos cuantos reales.1 Pero esta clase de trabajo no le convenía. Y continuaba deambulando como un perro sin dueño, recibiendo pedazos de pan que le daban algunos compadecidos parroquianos en los restaurantes o recogiendo las cáscaras de frutas que arrojaban los hombres felices en los parques y las calles, para comérselas con avidez. Tenía vergüenza de pedir... En una ocasión, en un café, un hombre gordo le dijo: "¡Lárgate de aquí, vagabundo! Un mozo como tú debe ganarse la vida trabajando".

Cuando llegó de su pueblo había tenido ocupación. Vendía helados D'Onofrio. Con gorra negra, guardapolvo blanco, depósito rodante y corneta, iba vendiendo la mercancía por esas calles. Pero una mañana su carretilla fue hecha añicos en una esquina por un auto particular; y no le destrozó a él, ya que en ese momento, por ventura, entregaba el vuelto a un cliente en la acera. Vilca no fue más a la fábrica de helados, desapareció en el laberinto de la urbe. De esa época guardaba un recuerdo: una fotografía. Se hizo retratar con su traje de heladero, apoyado en su triciclo, en el Parque Universitario por un fotógradfo ambulante. Vilca siempre contemplaba con ironía el retrato, que llevaba envuelto en un pedazo de periódico en el bolsillo del pantalón. Estaba allí sonriente, con su cara ancha... Había enviado otro igual a su pueblo, a sus padres, que él se figuraba estaría colocado en la pared más visible de su casucha, con su apenas comprensible leyenda: "José Vilca. Lima, 15 de Abril de 1950". Sus conterráneos, seguramente, sentían envidia al ver esa fotografía... ¡José Vilca está en Lima, la más hermosa ciudad del Perú!

Vilca rehuía a sus paisanos. Muchos de ellos eran policías, mozos de hoteles, de restaurantes, sastres. Y hasta en la Baja Policía había de Hualpa, su pueblo. El también ingresaría en la Baja Policía para ir recogiendo la basura, los desperdicios de las casas, en esos ventrudos y silbadores carros municipales. Pero habría que ir a ver al Alcalde, a los empleados del Concejo, buscar una recomendación... Y quizá tampoco habría vacantes.

Un día que estuvo parado junto a un cinema le convencieron para que hiciera propaganda a la película "El Monstruo y el Simio". Le vistieron de monstruo. Forrado con una serie de placas de zinc y tornillos —sólo se le veían los ojos— se fue por esas calles, trac, trac, trac, seguido por otro hombre tan infortunado como él, vestido de mono. Casi se asfixia... Al término de la faena estaba molido, pero tenía cinco soles en el bolsillo,.. Con todo, Vilca se alejó, avergonzado, diciendo: "No más esto... ¡No más!...".

Dormía como un gallinazo donde lo cogían la noche y el sueño. Sobre todo bajo los gruesos árboles del Parque de los Garifos2, donde muchos como él ocultan el cofre de su miseria. Un día invernal, a orillas del Rímac, por poco rompe a llorar; ese río, el rumor de sus aguas turbias y violentas, le traía la emoción de su tierra lejana.. Igual sonaba el río que corre en las afueras de su pueblo por entre álamos y capulíes... ¿Por qué diablos vino a Lima? En busca de porvenir, de un mejor porvenir que podría tener en su mediterránea aldea de la serranía agreste, como lo hace la mayoría de la juventud lugareña del Perú... Lima es la meca soñada por todos...

Ya la vida para él no tenía significado. No valía la pena. Debía eliminarse. Pensó en el suicidio. Esa idea se fue haciendo su obsesión... Allí estaban las ruedas de los carros o el mar... ¡El mar con sus aguas azules! ¡Qué linda tumba para un vagabundo!... La muerte... Y terminar, dejar de ser... Mejor era eso que estar sufriendo y dando lástima.

Ya no se preocupaba por buscar trabajo. Comía las cáscaras frescas de las frutas que encontraba en su recorrido, para aplacar un poco siquiera ese terrible deseo de su estómago. Ese deseo que lleva a los hombre hasta el crimen. ¡Hambre! ¡Pan!... ¡Sed! Al fin ésta la calmaba en las fuentes de las plazuelas, bastándole para ello ponerse en cuclillas y recibir el agua... Pero lo otro... Un día intentó asaltar en una calle solitaria de Abajo el Puente3 a un niño que vendía frutas. Era un niño y se contuvo, un niño serrano y pobre como él.

Aquella tarde se sentó bajo un árbol del Parque de los garifos. Con cierto deleite miraba pasar los chirriantes tranvías uno tras otro. "Es la única solución", se dijo. Su alma era un abismo de debilidad y de sombras. De pronto, en el ramaje del árbol a cuyo tronco estaba recostado, cantó un gorrión, cantó y cantó. El claro canto del pájaro bajaba del árbol como un chorro de agua a la fuente seca, llena de polvo, de su alma. José Vilca sonrió. Se levantó. Parecía mentira que un gorrión estuviese cantando en una ciudad tan grande y cruel, tan sorda al dolor humano. ¡No podía ser! Los pájaros, felices, inocentes, sólo debían existir en los campos, en los pueblos, pensaba Vilca. Sin embargo, allí estaba el gorrión cantando oculto en el ramaje. Una sensación de frescura invadió, inundó su alma, su cuerpo. El canto de ese gorrión era idéntico al de los gorriones de su tierra... de aquellos que, cantando al amanecer en los nogales y chirimoyos de la huerta de su casa, lo despertaban siempre. Vilca recordó, entonces, su niñez, su hogar... los campos verdes... la vaca que ordeñaba por las madrugadas, cuya leche espumosa y caliente le humedecía, al derramarse, las manos... Un rayo de esperanza brilló en sus ojos. Se dio cuenta de la hermosura del ambiente, de la alegría de los niños que jugaban a su rededor, que los árboles del parque estaban florecidos, cuyas flores lilas, caídas al viento, cubrían como una maravillosa alfombra el verde césped...
Un sudor frío perló su frente. Nublóse su vista. Se sentó bajo el mismo árbol y se quedó dormido... Al despertar, José Vilca era otro hombre; con paso firme se metió en la urbe.

NOTAS:
  1. Reales. Un real se le decía a la moneda de 10 centavos, una peseta era la de 20.
  2. Parque de los garifos. Antiguo nombre de un parque en el centro de Lima. Garifo. que no tiene dinero en ese momento.
  3. Abajo el Puente. Antiguamente así llamaban los vecinos de Lima al distrito del Rimac.
ACERCA DEL AUTOR:

Francisco Izquierdo Ríos, Saposoa, Perú, 1910 - 1981, fue maestro de escuela, habiendo recorrido parte del Perú en función de su labor. Izquierdo Ríos fue autor de varios libros de cuentos cortos y una novela. La mayoría de cuentos son de tema magisterial, localizados principalmente en la selva peruana. Aquí presentamos cuatro mini cuentos tomados de su libro Los Cuentos de Adan Torres, editado en 1965.


Análisis de cuento: El Muerto
Este cuentecillo, como el mismo autor los presenta en su libro, tiene aproximadamente 390 palabras; a pesar de su cortedad, Izquierdo urde un montaje a dos niveles que le permite desarrollar exitosamente su historia.
Las 3/4 partes del espacio es para una especie de introducción antes de comenzar la historia en sí. En esta introducción se detallan los antecedentes sobre los que va a apoyarse la anécdota y que está basada en la Ley Universal de Causa y Efecto. Una vez establecido el escenario y los personajes, se plantea la duda que el viejo Lucas empieza a sentir acerca del amor de su mujer. Es en ese momento que la historia entra en acción, que comienza en la parte que dice: "...Un día decidió comprobar...", y que tiene apenas 166 palabras. Este cuentecillo es un claro ejemplo de cómo una simple anécdota es convertida en cuento y logra el mismo efecto que un cuento convencional (más de 1000 palabras). Hay que tener presente, sin embargo, que el cuento tradicional, aristotélico, debe tener cabeza, cuerpo y final; aquí el final no está muy claro pero ello se debe tal vez a desición del autor porque se supone que el lector sobreentiende el final, mejor dicho, el lector esta obligado a usar su imaginación para darle el final que mejor le parece.


Análisis de cuento: El Hermano Burro
Este es otro cuentecillo de 200 palabras. Podríamos considerarlo como una simple anécdota, pues no tiene asomo de estructura dramática como el anterior, tampoco tiene mayor complejidad ni profundidad en el desarrollo de los personajes.
Aquí Izquierdo da importancia a la atmósfera que crea en el interior de la casa solariega. El autor empieza el cuento describiendo el ambiente: "Lenguas de luna entraban en la sala..." Más adelante continúa: "...Sólo en la huerta, blanqueada de luna, un ligero viento bisbiseaba en los ramajes...". Es la atmósfera. Luego se desarrolla la pequeña escena entre padre e hijo. Primero debemos comprender que Irineo es un viejo autoritario de costumbres del siglo XIX que infunde temor a su familia porque él es dueño y el señor de la casa. Pero inesperadamente su hijo Teodoro, perteneciente al siglo XX, reacciona ante su chanza de mal gusto con el burro y le retruca una puya en su mismo estilo y utilizando sus mismas armas. De seguro que esta acción del hijo dio mucho que pensar al viejo Irineo.


Análisis de cuento: Ladislao el Flautista
El cuento Ladislao, al igual que los anteriores, puede ser considerado como una viñeta ya que apenas pasa de las 500 palabras. Este tipo de cuentos también fue cultivado por Antón Chejov y otros narradores importantes. Sin embargo, no obstante la cortedad de esta viñeta, Izquierdo Ríos logra su cometido cual es provocar o causar un estado de pena y cierta compasión del lector hacia su personaje central.
Y el personaje central es nada menos que Ladislao, él es el personaje principal aunque no aparezca directamente en la acción. Ladislao es referido por los personajes secundarios: el profesor y sus alumnos. Para lograr este efecto el autor se vale de varios artificios como son el poner el nombre del niño como título y también, durante toda la acción se cuida de no dar nombres a ninguno de los personajes secundarios; los alumnos son llamados muchachos o niños y el profesor es simplemente "el profesor" o "maestro" y sin embargo ninguno de estos personajes puede ser considerado como un fantasma; el lector se imagina a los personajes hombres de carne y hueso en especial Ladislao. Los alumnos y el maestro se refieren a él con devoción y preocupación transmitiendo así sus sentimientos por lo que acontece con el niño flautita.
El tiempo de la historia solo dura unos minutos, desde que los alumnos escuchan el sonido de la flauta hasta que Ladislao se va para siempre, quizás media hora en que queda paralizada las clases ante la noticia que Ladislao ha vuelto. Pero aparte de esa cortedad de tiempo con que medimos la acción desarrollada, también hacemos otra medición, esto es el tiempo cronológico de la historia, aquí somos transportados hacia varios años atras pues en el salón se habla en retrospección sobre la vida de Ladislao, las causas que lo motivan para tomar esa, al parecer, errada acción de ausentarse del colegio y nos enteramos como el niño flautista fue pasando poco a poco de niño feliz a atribulado vagabundo: es la causa de su aflicción y su partida el efecto. Al final Izquierdo se equivoca un poco o quizás el autor introcuce un párrafo dando una pista a sus lectores sobre el propósito del cuento, esto es, que el lector debe sentir pena al finalizar de leerlo. Aunque algunos escritores utilizan frecuentemente esta triquiñuela, aquí nos parece innecesario ese penultimo párrafo que termina diciendo "...hasta los finos álamos parecían agobiados de pena."
En resúmen, este cuento, considerado regionalista, tiene una fuerte carga emotiva que lo hace universal, ya que las emociones son universales; nos conduce hacia la piedad - piedad por el niño, que como hay miles alrededor del mundo, es víctima del mundo de los grandes, pero también nos demuestra que hay gente buena y así el mundo está salvado.






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