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RICARDO PALMA
Lima, Perú, 1833 - 1919

Pintura de Ricardo Palmaincursionó en muchos géneros literarios, pero fue con sus "Tradiciones Peruanas" que alcanzó notoriedad nacional e internacional que lo hace perdurable. Además de escritor, fue marinero, soldado: ocupó un puesto de combate cuando nuestro país fue invadido. Dirigió la Biblioteca Nacional desde 1883 hasta 1912 y se ganó el apelativo de el "bibliotecario mendigo", por la difícil tarea que se impuso de reconstruir la desbastada Biblioteca Nacional después de la guerra.


Las Tres Etcéters del Libertador


(Relato Histórico)

El Libertador Simón Bolívar tenía fama de don Juan cuando llegó al Perú

A fines de mayo de 1824 recibió el gobernador de la por entonces Villa de San Ildefonso de Caraz, don Pablo Guzmán, un oficio del jefe de Estado Mayor del ejército independiente, fechada en Huaylas, en la que se le prevenía, que debiendo llegar dos días más tarde a la que desde 1868 fue elevada a la categoría de ciudad una de las divisiones, apréstese sin pérdida de tiempo cuarteles, reses para rancho de la tropa y forraje para la caballada. Item se le ordenaba que para su excelencia el libertador alistase cómodo y decente alojamiento, con buena mesa, buena cama y etc., etc., etc.
Que Bolívar tuvo gustos sibaríticos es tema que ya no se discute, y dice muy bien Menéndez y Pelayo cuando dice que la Historia saca partido de todo, y que no es raro encontrar en lo pequeño la revelación de lo grande. Muchas veces, sin parar mientes en ello, oí a los militares de la ya extinguida generación que nos dio Patria e Independencia decir, cuando se proponía exagerar el gasto que una persona hiciera en el consumo de determinado artículo de no imperiosa necesidad: "hombre, usted gasta en cigarrillos (por ejemplo) más que el Libertador en agua de Colonia".
Que don Simón Bolívar cuidase mucho del aseo de su personita y que consumiera diariamente hasta un frasco de agua de Colonia, a fe que a nadie debe maravillar. Hacía bien, y le alabo la pulcritud. Pero es el caso que en los cuatro años de su permanencia en el Perú, tuvo el Tesoro nacional que pagar ocho mil pesos, ¡¡¡8,000!!!, invertidos en agua de Colonia para uso y consumo de su excelencia el Libertador, gasto que corre parejas con la partida aquella del Gran Capitán: En hachas, picas y azadones, tres millones".
Yo no invento. A no haber desaparecido en 1884, por consecuencia del voraz (y acaso malicioso) incendio, el archivo del Tribunal Mayor de Cuentas, podría exhibir copia certificada del reparo que a esa partida puso el vocal a quien se encomendó, en 1829, el examen de cuentas de la comisaría del Libertador.
Lógico era, pues, que para el sibarita de don Simón aprestasen en Caraz buena casa, buena mesa, y etc., etc., etc., Como las pulgas se hicieron, de preferencia, para los perros flacos, estas tres etcéteras dieron mucho que cavilar al bueno del gobernador, que era hombre de los que tienen el talento encerrado en jeringuilla y más tupido que caldo de habas.
Resultado de sus cavilaciones fue el convocar, para pedirles consejo, a don Domingo Guerrero, don Felipe Gastelumendi, don Justino de Milla y don Jacobo Campos, que eran, como si dijéramos los caciques u hombres prominentes del vecindario.
Uno de los consultados, mozo que se preciaba de no sufrir mal de piedra en el cerebro, dijo: -¿Sabe usted, señor don Pablo lo que en caastellano quiere decir etcétera?
-Me gusta la pregunta. En priesa me ves y doncellez me demandan, como dijo una pazpuerca. No he olvidado todavía mi latín, y sé bien que etcétera significa y lo demás, señor don Jacobo.
-Pues entonces, lechuga, ¿por qué te arrugas? ¡Si la cosa está más clara que agua de puquio! ¿No se ha fijado usted que estas tres etcéteras están puestas a continuación del encargo de buena cama?
-¡Vaya si me he fijado! Pero con ello nadda saco en limpio. Ese señor jefe de Estado Mayor debió escribir como Cristo nos enseña: pan, pan, y vino, vino, y no fatigarse en que le adivine el pensamiento.
-Pero, hombre de Dios, ¡ni que fuera usted de los que no compran cebolla por no cargar rabo! ¿Concibe usted una buena cama sin una etcétera siquiera? ¿No cae en cuenta usted todavía en la cuenta de lo que el Libertador, que es muy devoto de Venus, necesita para su gasto diario?
-No diga usted más, compañero - interrumpió don Felipe Gastelumendi - A moza por etcétera, si mi cuenta no marra.
-Pues a buscar tres ninfas, señor gobernador - dijo don Justino de Milla, en obedecimiento al superior mandato - y no se empeñe usted en escogerlas entre las muchachas de zapato de ponleví y basquiña de chamelote, que su excelencia, según mis noticias, ha de darse por bien servido siempre que las chicas sean como para la cena de Nochebuena.
Según don Justino, en materia de paladar erótico era Bolívar como aquel bebedor de cerveza a quien preguntó el criado de la fonda: "¿Qué cerveza prefiere usted que le sirva: blanca o negra?" "Sírvamela mulata".
-¿Y usted qué opina? - preguntó el gobernador, dirigiéndose a don Domingo Guerrero.
-Hombre -contestó don Domingo- para mí la cosa no tiene vuelta de hoja, y ya está usted perdiendo el tiempo que ha debido emplear en proveerse de etcéteras.

II

Si don Simón Bolívar no hubiera tenido en asunto de faldas aficiones de sultán oriental, de fijo que no figuraría en la Historia como libertador de cinco repúblicas. Las mujeres le salvaron siempre la vida, pues mi amigo Gacía Tosta, que está muy al dedillo informado en la vida privada del héroe, refiere dos trances que en 1824 eran ya conocidos en el Perú.
Apuntemos el primero. Hallándose Bolívar en Jamaica en 1810, el feroz Morillo o su teniente Morales enviaron a Kingston un asesino, el cual clavó por dos veces un puñal en el pecho del comandante Amestoy, que se había acostado sobre la hamaca que acostumbraba a dormir el general. Éste, por causa de una lluvia torrencial, había pasado la noche en brazos de Luisa Crober, preciosa joven dominicana, a la que bien podía cantársele lo de:

Morena del alma mía;
morena, por tu querer
pasaría yo la mar
en barquito de papel.

Hablemos del segundo lance. Casi dos años después, el español Renovales penetró a media noche en el campamento patriota, se introdujo en la tienda de campaña, en la que habían dos hamacas, y mató al coronel Garrido, que ocupaba una de éstas. La de don Simón estaba vacía porque el propietario andaba de aventura amorosa en una quinta de la vecindad.
Y aunque parezca fuera de oportunidad, vale la pena recordar que en la noche del 25 de septiembre, en Bogotá, fue también una mujer quien salvó la existencia del libertador, que resistía a huir de los conjurados, diciéndole: "de la mujer, el consejo", presentándose ella ante los asesinos, a los que supo detener mientras su amante escapaba por una ventana.

III

La fama de mujeriego y que había precedido a Bolívar contribuyó en mucho a que el gobernador encontrara lógica y acertada la decifración que de las tres etcéteras hicieron sus amigos, y después de pasar mentalmente revista a todas las muchachas bonitas de la villa, se decidió por tres de las que le parecieron de más sobresaliente belleza. A cada una de ellas podía, sin escrúpulo, cantársele esta copla:

De las flores, la violeta;
de los emblemas, la cruz;
de las naciones, mi tierra;
y de las mujeres, tú.

Dos horas antes de que Bolívar llegara, se dirigió el capitán de cívicos don Martín Gamero, por mandato de la autoridad, a casa de las escogidas, y sin muchos preámbulos las declaró presas, y en calidad de tales las condujo al domicilio preparado para alojamiento del Libertador en vano protestaron las madres, alegando que sus hijas no eran godas, sino patriotas hasta la pared del frente. Ya se sabe que el derecho de protesta es derecho femenino, y que las protestas se reservan para ser atendidas el día del juicio, a la hora de encender los faroles.
-¿Por qué se lleva usted a mi hija ? - gritaba una madre.
-¿Qué quiere usted que haga? -contestaba el pobrete capitán de cívicos-. Me las llevo de orden suprema.
-Pues no cumpla usted tal orden -argumentaba otra vieja.
-¿Qué no cumpla? ¿Está usted loca, comadre, parece que usted quisiera que la complazca por sus ojos bellidos, para que luego el libertador me fría por la desobediencia. No, hija, no entro en componendas.
Entre tanto, el gobernador Guzmán, con los notables, salió a recibir a su excelencia a media legua de camino. Bolívar le pregunto si estaba listo el rancho para la tropa, si los cuarteles ofrecían comodidad, si el forraje era abundante, si era decente la posada en que iba a alojarse; en fin, lo abrumó a preguntas. Pero, y esto chocaba a don Pablo, ni una palabra que revelase curiosidad entre las cualidades y méritos de las etcéteras cautivas.
Felizmente para las atribuladas familias, el libertador entró en San Idelfonso de Caraz a los dos de la tarde, impúsose de lo ocurrido, y ordenó que se abriese la jaula a las palomas, sin siquiera ejercer la prerrogativa de una vista de ojos. Verdad que Bolívar estaba por entonces libre de tentaciones, pues traía desde Huaylas (supongo que en el equipaje) a Manolita Madroño, que era una chica de dieciocho años, de lo más guapo que dios creara en el género femenino del departamento de Ancash.
En seguida le echó don Simón al gobernadorcillo una repasada de aquellas que él sabía echar y lo destituyó del cargo.

IV

Cuando, corriendo los años, pues a don Pablo Guzmán se le enfrió el cielo de la boca en 1882, los amigos embromaban al ex gobernador hablándole del renuncio que como autoridad cometiera, él contestaba:
-La culpa no fue mía, sino de quien en el oficio no se expresó con la claridad que Dios manda.

Y no me venga un cualquier
con argumentos al aire,
pues no he de decir Volter
donde está escrito Voltaire.
Tres etcéteras al pie de una buena cama,
para todo buen entendedor
son tres muchachas.
y de aquí no me apego ni a balazos.



EL ALACRAN DE FRAY GOMEZ


(Relato)
I

Lima virreynal fue ciudad de santos

Este era un lego contemporáneo de don Juan de la Pirindica, el de la valiente pica, y de don Francisco Solano; el cual lego desempeñaba en Lima, en el convento de los padres seráficos las funciones de refitolero en la enfermería u hospital de los devotos de frailes. El pueblo lo llamaba fray Gómez; y fray Gómez lo llaman las crónicas conventuales, y la tradición lo conoce por fray Gómez. Creo que hasta en el expediente que para su beatificación y canonización existe en Roma no se le da otro nombre.




HISTORIA DE UN CAÑONCITO


(Relato Histórico)
(A Leopoldo Díaz, en Buenos Aires)

Una de las más famosas anécdotas
sobre el mariscal Ramón Castilla,
el mejor presidente del Perú.

Si hubiera escritor de vena que se encargara de recopilar todas las agudezas que del ex presidente gran mariscal Castilla se refieren, digo que habríamos de deleitarnos con un libro sabrosísimo. Aconsejo a otro tal labor literaria, que yo me he jurado no meter mi hoz en la parte de historia que con los contemporáneos se relaciona. ¡Así estaré de escamado!




ORGULLO DE CACIQUE


(Relato)
(1574)

El naufragio del vapor de guerra Rímac, el 1 de marzo de 1885, en los arrecifes de la punta San Juan, llevó al tradicionista que este libro ha escrito, después de andar tres días entre arenales pasando la pena negra, al pueblecito de Acarí. Aquel naufragio no fue al principio gran catástrofe, pues de novecientos que éramos entre tripulantes del buque, pasajeros y un batallón de infantería que, con destino a Islay, se había embarcado, no excedieron de doce los ahogados en el mar.



Bio del autor y comentario sobre las Tradiciones Peruanas

Ricardo Palma, (Lima, Perú, 1833 - 1919), incursionó en muchos géneros literarios, pero fue con sus "Tradiciones Peruanas" que alcanzó notoriedad internacional y lo hace perdurable. Además de escritor, fue marinero, soldado: ocupó un puesto de combate cuando nuestro país fue invadido. Dirigió la Biblioteca Nacional desde 1883 hasta 1912 y se ganó el apelativo de el "bibliotecario mendigo", por la difícil tarea que se impuso de reconstruir la desbastada Biblioteca Nacional después de la guerra.

COMENTARIO.

Las Tradiciones Peruanas podría ser catalogado como cuentos históricos, pero don Ricardo Palma tuvo cuidado en hacer conocer sus cuentos como "tradiciones" porque no son enteramente históricos sino que tenían mucho de su imaginación, como lo comenta Luis Alberto Sánchez en su obra La Literatura Peruana.

La primera tradición fue Don Juan de la Tijereta escrita en 1864 y la última pieza en 1915 que estaban reunidas en diez series de las cuales tomaré algunas de ellas, escogidas de acuerdo a diversos criterios: preferencias personales, por tratar de personajes célebres de la historia nacional y latinoamericana o simplemente porque están disponibles en el momento. De acuerdo a ello, presento las primeras tres tradiciones cuyos personajes principales son, el libertador Simón Bolívar, don Ramón Castilla y el fraile Gómez. Luego iré agregando más tradiciones de acuerdo al tiempo que demore su digitalización.

Entre las principales características de las tradiciones están la amenidad, simpleza y brevedad. A lo anterior le agregamos la temática con trozos de nuestra historia contada con un estilo coloquial, como del abuelo que le cuenta historias a su nieto. Muchas de estas tradiciones son presentadas al público como literatura infantil porque llegan fácilmente a la mente sencilla y fantasiosa del niño. Estos temas históricos, sin embargo, interesan también a una audiencia más madura e internacional. Los personajes e historias de Palma son de interés universal porque apelan a las emociones, que no tienen nacionalidad. Por ejemplo en el caso de Las Tres Etcéteras, es la adulación de los servidores públicos para con sus superiores; el juego de la astucia en el caso del cañoncito de oro, y la anécdota sobre fray Gómez, despierta en el lector una gran admiración en él por sus acciones de verdadero santo. Palma los pinta muy bien, con pinceladas precisas que se graban en nuestra memoria. El tono es humorístico y zumbón, sin llegar a la chocarrería del limeño vulgar. Palma pone así su sello que es único, indeleble y muy difícil de imitar si no ha nacido en Lima y conversado con gente de pueblo y señorones de salón para tomar un poco de cada grupo, luego agregarle sal y pimienta como toque final al plato. Luis Alberto Sánchez califica a las Tradiciones como "festivas por los refranes y cantarcillos de que están salpicadas".

"No debe confundirse socarronería con chiste ni sarcasmo", dice L.A.Sánchez y continúa: "Palma pinta lo que ha leído o escuchado, pero en forma tal que deja entrever su escepticismo, más que acerca de los hechos concretos, sobre su significado y alcance. No llega a desprenderse del todo de su devoción al pasado, porque se refiere a Lima y las costumbres criollas, y él es por sobre todo, un enamorado de su ciudad.......................................................... .....................................................
Predominan en las Tradiciones los temas virreinales, limeños y de convento. Tenía que ser así. La tendencia "lejanista" de los románticos se veía forzada a buscar inspiración en alguna parte de nuestro pasado, y como lo indígena no estaba entonces ni esclarecido ni de moda, no quedaba otro camino que utilizar al Virreinato para hacer andar a las evocaciones románticas. Escogido el Virreinato, se imponía que Lima fuese el centro topográfico de las Tradiciones.
Palma no pudo evadirse de la atmósfera conventual, ya que hubo en Lima, proporcionalmente, más conventos e iglesias que en muchas ciudades del mundo. Palma, empero, no se dejaba arrastrar por ningún hechizo formal. Sus conventos no son siempre centros devotos, sino de intrigas, politiquería y alharaca. Un adorador estático del coloniaje no habría procedido así; tampoco un creyente ortodoxo; de donde resulta que la actitud de Palma frente al Virreinato, y el clero fue escéptica, heterodoxa y socarrona".

En cuanto a la técnica hay que considerar primero que estos escritos pertenecen al siglo XIX, y nos es algo anticuado en pleno siglo XXI. Palma se apega a la oralidad de los antiguos contadores de cuentos y allí está seguro el último romántico. Una de esas características antiguas es la intromisión del autor en la historia. Si en esa época era algo normal, ahora no lo es ya que rompe la ilusión del lector: el lector acepta el juego del autor, sabe que todo es ficción, pero cuando nota la mano del autor, ya no cree más en el juego. Veamos como otros autores de esa época también se entrometían, como Víctor Hugo, a quien Palma admiraba. León Tolstoy también lo hacía de vez en cuando. Aquí un ejemplo de Victor Hugo en El Jorobado de Nuestra Señora:

"Diremos con el mayor gusto a nuestros lectores que durante toda esta escena se habían mantenido firmes gringorio..."
La novela de Victor Hugo es omnisciente; el autor conoce los pensamientos de todos sus personajes y cuenta la historia con varias líneas de acción.

Pero hay que reconocer que sin la intromisión de las personalísimas opiniones de don Ricardo Palma, sus tradiciones no hubieran tenido el sabor criollo del limeño avispado y tradicionalista que le da un sabor a limeño enjundioso. Con todas esas armas el tradicionista se manda a su antojo metiendo sus propias opiniones que más de las veces ayudan a dar significancia a lo intrascendente y hace grande la obra.

Según L.A. Sánchez, Palma acostumbraba dar en el segundo párrafo de todas sus tradiciones, una información sobre el personaje, "en donde hace una síntesis pretendidamente histórica, sin mordacidades ni sonrisas, a fin de dar el ambiente de época que persigue e introducir al lector en el misterio de la edad remota, en que coloca a sus personajes." Esto es cierto en Las Tres Etcéteras En el primer párrafo el autor va directo al grano: el gobernador de Caraz se encuentra en una gran encrucijada para interpretar bien los requerimientos del libertador mencionados en una carta.
Luego, en los párrafos segundo y tercero, encontramos, como en un paréntesis, una explicación sobre algunos detalles relacionados con las costumbres de Bolívar y que L.A. Sánchez llama "síntesis pretendidamente histórica". Esto es el antecedente, una de las causas por las que influyen en el gobernador para dudar. Pero la pseudo historia que Palma hace en este segundo y tercer párrafo por medio de una retrospección, no termina allí pues antes de volver al hilo de su historia (del primer párrafo), escribe dos párrafos más que sirven de transición para volver suavemente al asunto planteado al comienzo. Esta transición empieza con: "Lógico era, pues que para el sibarita de son Simón aprestasen en Caraz..."

Rolando Sifuentes, 2006




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