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ROMAIN GARY

Cuentos de Romain Gary - escritor francés dos veces ganador del premio Goncourt
Los Pájaros del Perú, el mejor cuento de Romain Gary, donde describe la filosofía
del hombre solitario, y lo contrasta con los pájaros del Perú


MAS CUENTOS:



LOS PAJAROS DEL PERU

Romain Gary

Casi al final de su vida, él creyó lograr su única victoria...


Romain Gary

Romain Gary, (1914-1980), escritor francés de origen ruso. Su verdadero nombre fue Romain Kacew. Nunca conoció a su padre y emigró con su madre a Niza. Fue autor de muchas novelas, algunas de ellas bajo los seudónimos Emile Ajar, Shetan Bogat y Fosco Sunibaldi. Gary también hizo trabajos para el cine, co-escribió el guión para la película El Día más Largo sobre la II Guerra Mundial, y que fue gran éxito. Romain Gary participó en esa guerra como piloto por lo que fue merecedor de la Croix de Guerre. El cuento Los Pájaros del Perú también fue adaptado al cine por él mismo; en esa película trabajó su esposa la actriz americana Jean Seberg.
Gary fue el único escritor francés a quien le fue otorgado el premio Goncourt dos veces. En el primer caso fue por su novela Les racines du ciel en 1956 y en la segunda por otra novela en 1975 firmada bajo el seudónimo de Emile Ajar. Gary se suicidó un año después que muriera su esposa.


Él caminó hacia la terraza y nuevamente tomó posesión de su soledad: las dunas, el océano, los miles de pájaros muertos que estaban sobre la arena, un botecito, los enmohecidos pedazos de una red, y ocasionalmente algunos nuevos signos que aparecían de repente como la carcasa de una ballena varada; huellas de pasos en la arena, una hilera de botes pesqueros a la distancia. Más allá las islas guaneras se erigían como blanquecinos fantasmas sobre el horizonte que hendían el cielo gris. El café estaba construido con postes de madera hendidos en las dunas; la carretera de Lima pasaba a pocos metros de allí. Una escalerilla lo conectaba con la playa; él la descolgaba sólo por las mañanas desde la vez que dos convictosescapados de la cárcel de Santa Cruz lo habían golpeado cuando dormía, y después, por la mañana los había encontrado completamente borrachos en el bar.

Él se recostó en la baranda y fumó su primer cigarrillo, mirando a los pájaros que habían caído en la arena durante la noche: algunos aún estaban vivos y temblaban. Nadie había podido dar una buena explicación por qué las aves abandonaban las islas para morir aquí, en esta playa, nunca iban más al norte, o más al sur sino a esta faja angosta de arena, exactamente de tres kilómetros de largo. Tal vez para ellos fuera un cementerio sagrado, algo así como Benares en la India, donde el creyente va a liberarse de su fantasma: los pájaros dejaban sus carcasas aquí antes de volar al más allá por siempre. O tal vez ellos simplemente volaban directo de las islas guaneras, las cuales eran rocas desoladas y frías mientras que la arena era suave y calurosa; cuando ellos sentían que llegaba su hora, y su sangre empezaba a enfriarse, empezaban a desear calor y sólo les quedaba la suficiente fuerza para intentar el cruce del agua que los separaba de la playa.
Siempre había una explicación científica para todo. Naturalmente, un hombre siempre puede refugiarse en la poesía, hacer migas con el océano, escuchar su propia voz, continuar creyendo en los misterios de la naturaleza. Un poco de poeta, un poco de soñador... El había venido a esta playa en el Perú, al pie de los Andes porque era tiempo de cambiar: después de haber peleado en España, luego en la resistencia francesa y por último en Cuba. A los 47 años había aprendido al fin la lección y ya no esperaba nada de las nobles causas o de las mujeres: era tiempo de establecerse en un hermoso paisaje. Los paisajes rara vez lo traicionan a uno. Un poco de poeta, un poco de soñador... El había venido a esta playa en el Perú, al pie de los Andes porque era tiempo de cambiar: después de haber peleado en España, luego en la resistencia francesa y por último en Cuba, a los 47 años había aprendido al fin la lección y ya no esperaba nada de las nobles causas o de las mujeres: era tiempo de establecerse en un hermoso paisaje. Los paisajes rara vez te traicionan. Un poco de poeta, un poco de...También la poesía pronto será explicada científicamente, estudiada como se estudia una simple secreción de las glándulas. La ciencia avanza triunfalmente en la humanidad desde todos lados. Un hombre cualquiera viene aquí para poner un café en las dunas de la costa peruana con tan sólo el océano como compañía, aunque también hay una explicación para eso: ¿No es el mar una promesa de lo que hay más allá - de una vida eterna, una reafirmación de la supervivencia o la última consolación? Esperemos que el alma humana no exista; esa sería su única oportunidad de no ser cogido. Pronto los científicos estarán calculando su exacta masa, su densidad y velocidad de ascensión... Cuando usted piense en todos los billones de almas que han cabalgado hacia el cielo desde el inicio del tiempo, encontraremos que hay realmente algo en qué pensar acerca de ello: una tremenda fuente de energía malgastada; si construyéramos pozos para atrapar esas almas al momento de su ascensión, tendríamos allí suficiente fuerza como para iluminar a toda la tierra. Pronto el hombre será enteramente utilizable. Actualmente sus mejores sueños han sido apartados de él para convertirlos en guerras y prisiones.

A corta distancia del café, en la arena, algunos pájaros aún se mantenían de pie: eran los recién llegados. Ellos estaban mirando hacia las islas. Las islas, allá a lo lejos, estaban cubiertas de guano: una beneficiosa industria. El guano que un cormorán marino produce durante su vida puede servir para mantener a una familia entera en el mismo periodo de tiempo. Una vez que el pájaro ha cumplido con su misión sobre la tierra, viene a morir aquí. Considerando todas las cosas tal como son, él podría decir que también había cumplido con su misión, su último acto: en Sierra Maestra con Castro. El idealismo que un alma noble produce, puede mantener a un estado policial vivo en el mismo periodo de tiempo. Un poco de poeta, un poco de soñador. Pronto el hombre estaría llegando a la luna, y ya no la tendríamos más para nosotros.

El arrojó su cigarrillo sobre la arena. Naturalmente que un gran amor aún puede remediar este estado, pensó luego burlándose de sí mismo y eso le hizo sentir un fuerte deseo de unirse a los pájaros muertos en la playa. Era así como la soledad se apoderaba de él cada mañana, esa era por lo general la peor de las soledades: esa soledad que lo aplasta a uno en vez de liberarlo de los demás. El se inclinó hacia la cuerda y soltó la escalerilla luego fue a afeitarse. Se miró con asombro en el espejo como lo hacía diariamente a esa hora:
-¡No es lo que deseé llegar a ser! -hablóó burlonamente para sí mismo, como el Kaiser Wilhelm después de su derrota. Con todo aquel pelo gris y esas arrugas, dentro de uno o dos años, su adolescencia acabará definitivamente. ¿ O no? Con los idealistas nunca se puede decir la última palabra. Su cara era larga y delgada, con ojos cansados y una sonrisa algo irónica, con ella actuaba lo mejor que podía. Ya no escribía cartas a nadie ni las recibía, a nadie conocía: había roto con todos como hace el hombre que trata vanamente de romper consigo mismo.

Podía oír los chillidos de los pájaros marinos que cada vez se iban haciendo más agudos: signo de que seguramente un cardume estaría pasando por las cercanías de la playa. El cielo estaba ahora todo de blanco, las islas de mar afuera, comenzaban a desaparecer, el verde océano se erizaba saliendo de su sueño, las focas bramaban cerca del viejo y destartalado muelle que estaba tras las dunas.

El puso el café y regresó a la terraza y por vez primera se dio cuenta que, al pie de la duna, hacia la derecha había lo que parecía ser un esqueleto humano tirado en la arena con la boca hacia abajo y sosteniendo una botella con una mano; cerca a él estaba también echado otro cuerpo que llevaba puesto solo una truza y estaba pintado de azul, rojo y amarillo desde la cabeza a los pies. Un tercer miembro del grupo era un gigantesco negro que dormía echado de espalda, estaba vestido con una peluca estilo Luis XV, levita cortesana azul y pantalones de seda blanca, pero estaba descalzo. La última oleada de gente que gozaba del carnaval los había llevado hasta allí. Supuestamente ellos habían sido parte de las comparsas, pensó. La municipalidad les daba los vestuarios y les pagaban 50 soles por noche, luego miró hacia la izquierda, donde volaban los huanayes, flotando como una columna de humo gris y blanco persiguiendo el cardume y fue en ese momento que la vio.

Ella llevaba una vestimenta larga color verde esmeralda, con una mano sostenía un gran pañuelo verde y se acercaba hacia las olas, el pañuelo flotaba en el agua tras ella, la cabeza la tenía tirada hacia atrás y su larga cabellera negra caía suelta sobre sus desnudos hombros. El agua ya le llegaba a la cintura, ella trastabillaba cada vez que el agua la cubría más; las olas rompían ya muy cerca de ella, a no menos de 25 metros; ese jueguito empezaba a ponerse muy peligroso. El esperó una segunda ola más grande y sin embargo ella siguió yendo hacia la ola mientras el océano juntaba sus aguas como un movimiento de felino antes de saltar: ambos muy fuertes y flexibles en su movimiento; un salto más y todo habría concluido. El se lanzó decididamente por la escalerilla y corrió hacia ella dando gritos, sentía algunos pájaros bajo sus pies, pero la mayoría de ellos ya estaban muertos y como siempre morían por la noche. Pensó que llegaría a ella muy tarde. Una ola más grande que las anteriores harían que sus problemas empiecen, esto es: telefonear a la policía y responder a preguntas. Finalmente la alcanzó y la cogió de un brazo, ella se volvió hacia él y por breves momentos el agua los cubrió a ambos. El mantuvo presión sobre su muñeca y comenzó a jalarla hacia la playa. Ella se dejó llevar y él caminó por la arena por un momento sin volverse hacia ella, luego se detuvo y la miró de frente por primera vez. Era poseedora de un delicado rostro como el de una niña, muy pálido, con grandes ojos graves, perlados por gotas de agua que hacían juego perfecto con su cara. Ella llevaba puesto en el cuello un collar de diamantes, aretes, brazaletes y aun sostenía el pañuelo verde en su mano. El se preguntaba que estaba haciendo ella en ese lugar, de donde venía con esa vestimenta de salón, con su oro, sus diamantes y esmeraldas andando a las seis de la mañana por una desierta playa, entre pájaros muertos.

-Debió dejarme allí-, dijo ella en inglés.
Su garganta tenía un cálido tono resplandeciente, y la pureza de sus líneas hizo que las piedras engarzadas en su collar se vieran toscas y sin brillo. El todavía la tenía asida de la muñeca.
-¿Me entiende? No hablo español.
-Unas cuantos metros más y la resaca de lla ola la hubiera arrastrado mar adentro. Aquí las olas son muy fuertes.
Ella encogió los hombros. Tenía una voz de niña y un rostro pálido y patético; sus verdes ojos ocupaban casi todo el espacio. El rápidamente imaginó que se trataba de un amor imposible, en estos casos siempre había un amor trunco.
-¿De dónde vienen todos estos pájaros? -ella preguntó.
-Hay por allí algunas islas. Son las islas guaneras. Ellos viven allí y vienen a morir aquí.
-¿Por qué?
-No lo sé. La gente da todo tipo de explicaciones.
-¿Y usted? ¿Por qué vino a este sitio?
-Administro este café y vivo en él.
-Debió dejarme. Yo quería morir.
Ella dio una mirada a los pájaros muertos que estaban a sus pies.
El no pudo constatar si es que ella estaba llorando o simplemente eran las gotas de agua que caían por sus mejillas. Ella siguió mirando a los pájaros en la arena.
-Debe haber una explicación -dijo ella-. Siempre hay una explicación.
Ella volteó hacia las dunas donde estaban el esqueleto, el salvaje de amarillo, rojo y azul y el grotesco negro que aun permanecían sobre la arena.
-Es el carnaval -dijo él.
-Lo sé.
-¿Dónde dejó sus zapatos?
Ella se miró los pies.
-No lo recuerdo... no quiero pensarlo... ¿Por qué me salvó?
-Usted sabe bien que se supone uno debe hacer ese tipo de cosas. Entremos.
El la dejó sola en la terraza un momento, luego volvió con una taza de humeante café y una botella de aguardiente. Ella se sentó en una mesa frente a él, le estudiaba su cara con mucha atención, pausada y pensativa al observar cada rasgo de su fisonomía. El le sonrió para darle confianza.
-Todo saldrá bien, ya lo verá.
- Me hubiera dejado.
Ella empezó a llorar. El le tocó el hombro, más para reconfortarse él mismo que para ayudarla.
-Pronto superará todo.
-A veces no puedo soportar más. No puedo aceptar ésto. No quiero continuar con este...
-¿No siente frío? ¿No desea cambiarse?
-No, gracias.
El mar empezaba a subir su intensidad: no habían olas a pesar que la resaca a esa hora era más persistente. Ella levantó la vista.
¿Vive usted aquí, sólo?
-Completamente sólo.
-¿Podría quedarme? Sólo por poco tiempo...
-Quédese todo el tiempo que quiera.
-No puedo soportarlo más. No sé que hacer... me odio a mi misma, tanto que...

Ella sollozaba. Eran esos momentos a los que él llamaba su invencible estupidez en la que caía nuevamente. Aunque era consciente de todo, y estaba acostumbrado a recibir todo tipo de migajas en sus manos, algo dentro de él se negaba a abandonar la lucha. El corazón: no había nada que pudieras hacer contra él. El tonto corazón que nunca aprendió la lección. Era una clase de terca y a la vez sagrada estupidez, una fuerza de auto engaño y esperanza que lo había llevado de los campos de batalla de España a los guerrilleros de Vercors y a los campos de Sierra Maestra en Cuba, matizado con las dos o tres mujeres quienes siempre aparecen en nuestras vidas para reiniciarlo a uno nuevamente en los momentos de la renunciación, justo cuando parecía que ya todo estaba perdido. Ella, tan joven y frágil, lo miró con confianza, y habiendo visto llegar a tantos pájaros para morir en esas dunas, sin siquiera la confusa esperanza de salvar a alguno de ellos, al más adorable de todos, para protegerlo, para guardarlo para sí mismo, ahora, aquí, al final del mundo, podría lograr una sola victoria, casi al final de su vida. Eso le hizo resplandecer toda esa candidez en él que con su irónica sonrisa trató de ocultarla. Un poco de poeta, un poco de tonto. Y todo pareció tan insignificante. Ella había alzado su vista hacia él y dijo con su voz de niña, con una mirada que denotaba ruego y que las últimas lágrimas hizo brillar aún más sus ojos:
-Me gustaría quedarme aquí, si me lo permmite.

Aunque él estaba acostumbrado a todo ello, no fue sino la novena onda de soledad - la más fuerte - la que viene desde muy lejos, desde el amplio mar que lo tira a uno hacia adentro y lo lleva hasta el fondo, luego, de un momento a otro, lo suelta, justo a tiempo para volver a la superficie y agarrarse fuertemente a la primera tabla de esperanza que hallase. La única tentación que nadie ha podido vencer es la tentación de la esperanza. El movió la cabeza, estupefacto por su extraordinaria persistencia de adolescencia que aún había en él; bordeando los 50, su caso parecía verdaderamente desesperado.
-Quédese de todas maneras.
El la tenía cogida de la mano. Por vez primera se dio cuenta que ella estaba desprovista de ropa interior. El abrió la boca para preguntarle de donde venía, quién era, que cosa estaba haciendo por allí, por qué quería morir, porqué estaba desnuda bajo su vestido de noche, con un collar de diamantes en su cuello, sus manos llenas de oro y esmeraldas. Era el único pájaro que podía decirle por qué quería terminar sus días en esas dunas. Debe haber una explicación simple y lógica, siempre la hay. Pero siempre es mucho mejor no saberlo. La ciencia nos explica lo que es el universo, la psicología trata de la mente, pero el hombre debe saber como protegerse por si mismo y no dejar que los últimos mendrugos de ilusión le sean arrebatos sin remedio.

La playa, el océano y el cielo rápidamente se llenaban de una luz difusa porque el único signo que había del invisible sol era el incandescente brillo que se notaba al incrementarse la claridad. Sus senos estaban completamente visibles tras su delgado y húmedo vestido, y percibía la sensación de que algo faltaba en ella: aquella vulnerabilidad, la inocencia de sus claros ojos que miraban con fijación, la fragilidad de cada movimiento de sus hombros hicieron parecer que el mundo a su alrededor fuera más llevadero, más fácil de soportar, como si finalmente fuera posible tomarla en sus brazos y llevarla a una mejor playa. Nunca cambiarás, Jacques Rainier, se dijo burlonamente: un poco soñador, un poco de tonto.
-Siento frío -dijo ella-. Siempre pienso que voy a morir congelada.
-Venga conmigo.
Su cuarto estaba detrás del bar, las ventanas tenían amplia vista a las dunas y al mar. Ella se detuvo un momento en la ventana que daba a la bahía. El la observó como ella miraba furtivamente hacia el lado derecho, él giró su cabeza hacia esa misma dirección y vio que el esqueleto estaba acuclillado al pie de la duna, sorbiendo de la botella, el negro con la vestimenta de Luis XV aún dormía bajo la blanca peluca que se la había corrido hacia abajo para cubrirle los ojos y el hombre de cuerpo pintado, estaba sentado con las piernas cruzadas, mirando fijamente a un par de sandalias de tacón alto de vestimenta de salida que sostenía en sus manos. El hombre habló algo y empezó a reír. El esqueleto dejó de beber, estiró la mano y recogió un brassiere negro de la arena, levantó la mano y lo arrojó al mar.
-Debió dejarme morir -dijo ella-. Es tan terrible...
Ella se cubrió la cara con las manos.
-No sé como sucedió -dijo ella-. Yo estaba en la calle, había mucha gente en el carnaval. Ellos me metieron a un auto a la fuerza y me trajeron acá, luego... luego... los tres...
Entonces así fue la cosa, pensó él. Siempre hay una explicación, hasta los pájaros que caen del cielo lo hacen por alguna razón. Muy bien. Fue por una bata de baño mientras ella se desvestía. Dio una mirada a los tres que estaban en la duna a través de la ventana que daba a la bahía. Había un revolver en el cajón de su pequeño velador, pero pudo contenerse ante la tentación; tarde o temprano ellos morirían por sus propias culpas, y con un poco de suerte, su muerte sería mucho más dolorosa que la normal. El hombre pintado aún sostenía las sandalias con una mano, parecía que les decía algo a los otros. El esqueleto reía y el negro todavía dormía con la peluca blanca sobre sus ojos. Ellos la habían traído para acá, la tiraron al pie de la duna, frente al mar, entre miles de pájaros muertos. Seguramente ella habría gritado, habría luchado y rogado y pedido auxilio pero él no había escuchado nada. Y pensar que él tenía un sueño tan ligero que el impacto de un ave marina posándose en el techo era suficiente como para despertarlo. Seguramente el sonido del mar debió ahogar su voz. Los huanayes hacían círculos sobre las ondulaciones marinas dando chillidos agudos y de cuando en cuando caían como piedras sobre el cardume.

Las islas guaneras se elevaban en el mar sobre el horizonte, blancas como tiza. Ellos no habían tomado su collar de diamante ni sus anillos - eso no era lo que ellos habían querido. Tal vez él debiera matarlos de todas maneras, para hacerles recordar un poco, al menos, de lo que habían robado. ¿Cuántos años podría tener ella: 21 o 22? Ella no había llegado a Lima sola. ¿Habrá un padre o quizás un esposo esperándola? Los tres hombres no parecían tener apuro en irse, ni tampoco parecían estar asustados por la policía, estaban simplemente cambiando impresiones en la playa, seguramente sobre los rezagos de un carnaval que los había dejado completamente satisfechos.

Al volver, él la encontró parada en medio de la habitación, esforzándose por quitarse el vestido húmedo. El la ayudó a quitárselo, la ayudó a colocarse el otro vestido y sintió que se estremecía y temblaba por momentos en sus brazos. Las joyas brillaron en su desnudo cuerpo.
-Nunca debí dejar el hotel -dijo ella-. Debí encerrarme en mi habitación.
-Ellos no le han quitado sus joyas -remarcó él. Iba a decir: "Tiene suerte", pero se contuvo y sólo preguntó: -¿Desea que llame a alguna persona?
Ella pareció no escuchar.
-No sé qué hacer -dijo ella-. Realmente, no lo sé... Tal vez fuera mejor que primero vea a un doctor.
-Nos ocuparemos de eso. Acuéstese y métase bajo las sábanas, está usted temblando.
-No tengo resfrío. Déjeme descansar aquí.
Ella se estiró en la cama y jaló la sábana hasta taparse la barbilla, temblando y sin dejar de mirarlo.
-No creo que usted esté loco por mí. ¿sí?
El sonrió, se sentó al borde de la cama y le acarició la cabellera.
-¿En verdad, por qué habría de estarlo?
Ella le cogió la mano y la presionó contra sus mejillas como si fuera una niña, después se la llevó a sus labios. Sus pupilas estaban dilatadas. Sus ojos se notaban extrañamente fijos, infinitos y húmedos con reflexiones verdosas como el mar.
-Si usted supiera...
-No piense más en eso.
Ella cerró sus ojos e hizo descansar su cara en la mano de él.
-Quise acabar de una vez, tuve que hacerlo. No puedo continuar viviendo así; no lo puedo soportar. Quiero deshacerme de mi propio cuerpo.
Sus ojos aún estaban cerrados. Sus labios temblaban un poco. El nunca había visto un rostro tan puro. Luego ella abrió los ojos y lo miró, lo miró como quien implora por caridad.
-¿Verdad que no lo disgusto? Dígame la verdad por favor.
El se inclinó hacia ella y la besó en los labios.
El había visto a muchos niños caminando por la playa buscando pájaros aún con vida, para luego acabarlos con un fuerte taconazo. El los había golpeado cada vez que agarraba a algunos de ellos, pero ahora él estaba cediendo a la influencia de su herida fragilidad, ahora estaba rematándola así inclinado sobre sus pechos, presionando sus labios sobre los de ella. Sintió sus brazos alrededor de su hombro.
-Sé que no le causo disgusto-, dijo ella solemnemente.
El trató de controlarse. Era solamente la novena ola de soledad que acababa de romper y sus sentimientos empezaban a conducirlo lejos. Todo lo que deseaba en ese momento era permanecer así por siempre, hizo descansar su rostro en el cuello de ella y cerró los ojos. -Sí, por favor-, murmuró ella-. Ayúdeme aa olvidar, ayúdeme.
Ella quiso permanecer así con él. Quiso permanecer con él por siempre en su vacío café al final del mundo. Su voz era tan convincente, su mirada anhelante y había tal promesa en sus delicados brazos que apretaban su hombro, que él sintió como si hubiera llegado a la meta de su vida después de todo lo pasado y en el último momento. El la mantuvo asida, a veces levantándole la cabeza suavemente con sus manos, mientras décadas de soledad caían con un peso aplastante sobre sus hombros y la novena ola lo tiraba abajo y lo arrastraba hacia mar adentro.
-Sí-, murmuró ella. -Hazlo... quiero quee lo hagas.
Y cuando la ola regresó y él nuevamente se encontró en la playa, se dio cuenta que ella estaba llorando. El la dejó llorar sin abrir sus ojos ni levantar su frente que la tenía presionada contra su mejilla; sintió sus lágrimas y el violento golpeteo de su corazón contra el suyo. Luego escuchó voces y un ruido en la terraza. Se acordó de los tres hombres de las dunas y eso lo hizo saltar de la cama rápidamente para coger su arma.
Alguien caminaba por la terraza mientras se oía el ronco grito de las focas a la distancia. Las aves marinas chillaban en su vuelo entre cielo y agua, y una ola reventó terminando en la arena ahogando unas voces que se acercaban, luego se retiraron tras una corta pero triste risa. Al rato alguien dijo en inglés:
-Maldita sea, muchacho, maldita sea, eso es lo que pasa. Ya lo he soportado antes. Esta es la última vez que viajo con ella alrededor del mundo. Definitivamente, el mundo está sobre poblado.
El hombre abrió la puerta. Tendría unos 50 años y estaba vestido con smoking. Se quedó parado al lado de la mesa apoyándose en un bastón y empezó a jugar con el pañuelo verde que ella había dejado junto a la taza. El llevaba un pequeño bigote cano, sobre sus hombros había un poco de confeti, sus manos eran temblorosas, de ojos azul acuoso, rostro de borrachín, algo delgado; lo que denotaba vagas características de cansancio que empañaban su verdadera expresión que podía ser de distinción o de corrupción. Su pelo era teñido y se asemejaba a un bisoñé: clavó la mirada en Rainier que estaba en la puerta media abierta y sonrió irónicamente, dio una mirada al pañuelo, luego volvió los ojos a Rainier nuevamente. Su sonrisa se agrandó, burlona, triste y a la vez amarga. A su lado, apoyándose en la polea, estaba un apuesto joven disfrazado de torero, su pelo era negro y fino. El mantenía su mirada baja con inocultable expresión de malhumor; en una mano sostenía un cigarrillo. Un poco más lejos, sobre los peldaños de la escalera, estaba parado el chofer vestido con uniforme y gorra grises, tenía sobre sus brazos un vestido de mujer. Rainier puso el arma en una silla y salió hacia la terraza.
-Déme una botella de whisky, por favoor-, dijo el hombre del smoking a la vez que dejaba el pañuelo sobre la mesa-. Por favor... -repitió.
-El bar aún no está abierto -contestó Rainier en inglés.
-Bueno. Entonces algo de café. Un café mientras esperamos que la señora termine de vestirse.
El hombre le lanzó una mirada de resentimiento y se enderezó un poco apoyándose en su bastón. Su rostro se veía pálido en la tenue luz, sus rasgos estaban como congelados en una petulante expresión de vileza y rencor. Una nueva ola remeció los pilotes e hizo vibrar al café que estaba sobre la mesa.
-Las olas, el océano, las fuerzas de la nnaturaleza...Es usted francés ¿No es cierto? Si es así, entonces ella está remontando sus pasos. Nosotros vivimos casi dos años en Francia, ellos nada ayudaron, fue otra experiencia de inmerecida reputación. En cuanto a Italia...Mi secretaria, a quien usted está viendo aquí, es una chica italiana... Italia tampoco ayudó ni una pizca. Definitivamente, los amantes latinos están sobre valorados.
El hombre vestido como torero se miró los pies con desagrado. El inglés volteó la mirada hacia la duna: el esqueleto aún dormía con los brazos estirados y con la cara hacia arriba; el hombre en azul, rojo y amarillo estaba sentado en la arena con la cabeza tirada hacia atrás, bebiendo algo de una botella; el negro con su peluca blanca y vestido de cortesano, estaba parado en el agua, se había desabotonado el pantalón blanco de seda y orinaba en el mar.
-Estoy seguro que ellos tampoco han ayudaado-, dijo el inglés señalándolos con su bastón-. Sobre la tierra hay ciertos hechos que exceden al poder del hombre. Quiero decir de tres hombres... solo espero que no le hayan robado sus joyas. Una fortuna que los del seguro no lo cubrirán. Ellos la acusarán de descuidada. Algún día uno de ellos le retorcerá el pescuezo. Dicho sea de paso, ¿puede UD decirme de donde salen todos estos pájaros muertos? Parece que hubiera miles. He oído hablar del cementerio de elefantes, pero nunca de aves... ¿Podría ser una epidemia? Debe haber una explicación, creo yo.
El escuchó que se abría la puerta posterior, pero no se inmutó.
-¡Ah, conque ya estas aquí! -dijo el inglés haciendo una pequeña reverencia-. Empezaba a preocuparme por ti, querida. Nos hemos estado helando allí, sentados en el coche por más de cuatro horas, esperándote hasta que fue demasiado y ahora estamos en medio de no se donde... Los accidentes suceden tan rápidamente.
-Déjenme sola y váyanse. Cállense la boca, por favor. Por favor, déjenme sola ¿Por qué han venido?
-Querida mía. Fue una preocupación muy natural...
-Te odio. Te detesto. ¿Por qué me sigues? Tú me prometiste...
-La próxima vez, querida, deja las joyas en la caja del hotel, por favor. Es lo más seguro.
-¿Por qué siempre tratas de humillarme?
-Yo soy el humillado, querida. Al menos,, de acuerdo a las convenciones sociales. Pero estamos por sobre todo eso, naturalmente: Unos cuantos felices... Aunque esta vez has ido un poco más lejos. No hablo de mí. Estoy listo para aceptar cualquier cosa como bien lo sabes. Te amo y te lo he probado suficientemente. Pero pudo haberte sucedido algo... Ellos pudieron matarte...en un exceso de entusiasmo, y no queremos perderte, ¿verdad Mario? Todo lo que te pido es un poco más de prudencia, y un poco más de...discriminación.
-Estás borracho, todavía estás borracho.
-Es solamente desesperación, mi amor... mmi ninfa. Cuatro horas en el carro con toda clase de pensamientos por dentro... Comprenderás que no soy el más feliz de los maridos...
-¡Cállate. Cállate por amor de Dios!
Ella empezó a lloriquear. Rainier no la miraba, pero estaba seguro que ella se frotaba los ojos con sus puños: eran lloriqueos de niña. El trató de no pensar, de no comprender. Todo lo que quería oír era el bramido de las focas, el chillido de los pájaros y el murmullo del océano. Permaneció de pie junto a ellos, sin moverse y con la mirada baja, como si se estuviera sintiendo que se congelaba - una frialdad que llegaba a ser glacial postura que lo hería o quizás era que solo se le puso la carne de gallina.
-¿Por qué me salvó? gritó ella-. Debió haaberme dejado allí. Una ola más y todo hubiera acabado. Quise poner fin a todo esto, no lo puedo soportar, no puedo. Y no soporto seguir viviendo así. Debió dejarme.
-Monsieur-, habló el inglés con intención-. ¿Cómo puedo expresarle mi gratitud hacia usted? Más bien, quiero decir nuestra gratitud. Permítame, a nombre de todos nosotros...le estaremos eternamente agradecidos... Vamos mi amor, es tarde... Te lo aseguro, no sufro más... En cuanto a lo otro... Haremos una consulta con el doctor Guzmán en Montevideo. Según parece él está consiguiendo curas casi milagrosas. ¿No es así Mario?
El torero se encogió de hombros.
-El profesor Guzmán es un gran hombre, unn discípulo de Freud, un verdadero sanador... La ciencia todavía no ha dado su última palabra. Todo está en su libro, ¿no es así mi pequeña...ninfa?
-Por favor ya cállate -atinó a decir el torero.
-¿Recuerdas a esa dama de sociedad que noo lo podía hacer más que con jockeys que pesaran exactamente cien libras? Ni más ni menos... ¿Y la hermosa dama que tenía que sentir el toque en su puerta justo al momento culminante? Tenían que dar tres golpes cortos seguido de uno más largo. El alma humana es insondable, y que me dices de la esposa del banquero que tenía que escuchar primero el sonido de la alarma contra ladrones de la caja fuerte antes de que pudiera darla, claro que eso la ponía en una situación casi imposible porque el sonido hacía despertar al marido.
-Basta Roger -le dijo el torero-. No tiene gracia lo que dices y estás borracho.
-¿Y el caso de la dama aburrida que podíaa obtener buenos resultados solamente cuando su compañero le colocaba el cañón de un revolver sobre su sien en el momento preciso? El profesor Guzmán las ha curado a todas ellas. El lo cuenta en su libro. Al final todas consiguieron sanar, querida. Todas. No hay razón para sentirse desmoralizada.
Ella cruzó la sala por su costado sin mirarlo. El chofer con mucho respeto le colocó el sobretodo sobre sus hombros.
-Y además, como sabes, Mesalina era tambiién así. Ella nunca cesó de experimentar, probar... y ella era una emperatriz.
-Roger, basta ya -dijo el torero.
-Aunque es cierto que en esa época aún no existía el psicoanálisis. El profesor Guzmán la hubiera ayudado. Caramba, carambola mi pequeña reina, no me mires así. Mario, ¿recuerdas a aquella chica llena de resentimientos que no podía hacer nada en ninguna parte hasta que escuchara el rugido de un león? ¿Y la otra que primero tenía que hacer tocar al marido The Afternoon of a Faun con una mano? Estoy preparado para todo, querida. El amor que te tengo y mi comprensión no tienen límites. ¿Y la muy graciosa dama que tenía que estar en el Ritz de modo que pudiera mirar la Columna de Vendome justo en el momento cumbre? Que indescifrable es el misterio que envuelve al alma humana. Y la jovencita que había pasado su niñez en Marruecos y no lo podía hacer? Quiero decir que no lo podía hacer sin escuchar el monótono canturreo marroquí. Muy poético. ¿Y esa novia de Londres durante la Blitzkrieg que siempre le pedía a su marido que imitara el silbido de una bomba? Todas ellas se han convertido en excelentes esposas, querida mía.
El jovencito de torero decididamente dio unos pasos hacia el inglés y le propinó una buena cachetada. El inglés empezó a llorar.
-No puedo soportarlo más -dijo. -No puedo.
Ella entonces empezó a descender por la escalería y él (el francés) la miró caminar descalza por la arena, entre los pájaros muertos. Su pañuelo verde que llevaba en la mano lo iba arrastrando por la arena, la cabeza altiva, y su perfil sobre el mar se veía tan puro que estaba seguro que ni la mano de cualquier hombre ni la de Dios hubiera podido agregarle algo más.
-Bien, Roger, tranquilízate ya-, le dijo el secretario.
El inglés cogió el vaso de aguardiente que ella había dejado en la mesa y se lo tomó de un solo golpe. Puso el vaso sobre la mesa, extrajo un billete de su billetera y lo colocó en el platillo de la salsa, miró las dunas reconfortado, suspiró y dijo a modo de pensamiento:
-Todos estos pájaros muertos-. Hizo una pausa y continuó:
-Debe haber una explicación.
Ambos hombres se alejaron también. En la parte alta de la duna, ella se detuvo antes de desaparecer tras la arena, dudó un instante, luego se dio media vuelta impulsivamente para mirar al café, pero Rainier ya no estaba más a la vista. No se veía a nadie. El café estaba vacío. FIN

Traducido del inglés por R.S.





Análisis del cuento Los Pájaros del Perú de Romain Gary.

por: Rolando Sifuentes

Cantidad de palabras: 5,600
Formato: Cronológico lineal contado en tercera persona, tiempo pasado.

Los Pájaros del Perú es un cuento de alto valor literario. El comienzo es un tanto denso porque penetra en la conciencia del personaje principal para conocer sus pensamientos en forma extensa. De este modo se establece la caracterización del personaje solitario y desengañado de la vida que ha creado su propia filosofía y vive apegado a ella. El escogió para establecerse un lugar retirado del mundo, una desolada playa al sur de Lima donde montó un pequeño café; pero allí es justamente donde van a morir los pájaros que habitan en las islas guaneras, muy cerca a la costa, al frente de su local.
Esta es una obra carente de trama pero con fuerte caracterización de sus personajes. Todos ellos contrastan entre sí, y a su vez, ellos contrastan con el medio ambiente. No hay conflicto entre los personajes por obtener algo, el conflicto se producirá, más bien, dentro de la mente del francés de modo que no hay conflicto físico que enfrente a uno con el otro. Las cosas van sucediendo una tras otra poniendo a prueba al francés solitario y su filosofía con la que soporta la vida. Porque él, a los 47 años, después de haber pasado por varios desengaños, ya no cree en sus antiguos ideales políticos y amorosos, y sólo cree en la naturaleza: "los paisajes rara vez lo traicionan a uno" piensa él. Esa creencia lo hace fuerte.

La obra es algo existencialista: los hombres, todos ellos con dinero o sin él, están agobiados por el peso de una vida que a veces no pueden soportar. Sucede algo extraordinario en la tranquila vida de Jacques. Una hermosa muchacha italiana cae en sus brazos, como si fuera uno más de los cientos de pájaros que caen del cielo para morir a sus pies. Ella quiere quitarse la vida ahogándose en el mar, pero él, que respeta la decisión de los pájaros moribundos y los deja morir, salva a la muchacha. Hay una empatía entre él y ella y eso lo hace pensar que al fin le llegó la hora del amor verdadero - su ola - sin haberlo buscado. Por un momento traiciona a su filosofía de no creer ni volver a lo de antes.

Ella resulta ser una desdichada muchacha de 22 años que, poco antes, ha sido raptada y violada. Pero al rato se va esclareciendo que su intento de suicidio no es tan solo por la violación, sino que es algo más profundo: la violación sólo es la gota que rebalsa el vaso. De eso él tiene pleno convencimiento cuando llegan dos personajes más en su búsqueda. Uno de ellos es Roger, un millonario inglés de 50 años, esposo de la muchacha, dado a la bebida y a los viajes alrededor del mundo. El inglés trata de convencer a la muchacha de volver con él (ella antes había pedido al francés para quedarse con él en el café). En esa conversación queda al descubierto la entera personalidad de ella: el inglés la tenía en una jaula de oro, pero ella quería volar y amar a quien ella quisiera, a cualquiera, aunque no tuviera medios económicos pero que a ella le placiera. Eso lo comprende bien el francés pero no el inglés, éste último la toma por una enferma sexual, una devoradora de hombres que busca placer en todo momento.

El inglés da una perorata apabullante a la muchacha. El francés sabe bien que Roger está equivocado: confunde amor con deseo sexual, pero permanece callado, su filosofía es infalible. Por un momento había cedido a sus sentimientos creyendo que sí era posible encontrar el amor verdadero, su novena ola de soledad con la que había pretendido romper e ir en contra de su filosofía. La chica cede ante la insistencia del inglés, es entonces que Jacques decide no inmiscuirse. El vuelve a su filosofía de vida con más ahínco, desea quedar sólo como antes, acompañado únicamente por el bramido de las focas, el chillido de los pájaros y el murmullar del océano, sus mejores compañeros.

Al final hay un gran rompimiento en la línea dramática en la forma de cambio de enfoque. El cuento es enfocado desde el punto de vista del francés hasta cuando los visitantes bajan por la escalerilla para irse, y caminan hacia la duna, (se supone que la parte frontal del local da a la carretera y la posterior al mar), y él queda parado en la terraza. Cuando los visitantes se están alejando, muy sutilmente se va cambiando el enfoque y éste pasa al punto de vista de la muchacha. Ella se detiene en la cima de una duna y voltea para mirar al francés para llevar en sus pupilas la última imagen de él, pero Jacques ya no está allí, la terraza está vacía. Esa es también la última impresión que tiene el lector al terminar de leer este cuento.

Este final no conlleva un inesperado desenlace como podría pensarse, está en la línea ideológica del francés, pero la muchacha italiana sí es romántica. Tratándose de una obra que pretende ser intelectual, tenía que borrársele toda traza de romanticismo o sentimentalismo para darle más contundencia literaria. De haber permanecido el francés en la terraza y encontrarse con la mirada de ella y contestado el adiós que ella hubiese hecho con la mano, de hecho hubiéramos estado ante una obra romántica: final cuasi feliz pues se hubiera supuesto que el francés aún estaba enamorado de ella; eso no se da en este caso. El se queda con su filosofía y considera a la muchacha italiana muerta, como los pájaros tirados al rededor de él. Su experiencia en la vida le dice que la muchacha no podrá soportar más esa vida y se matará en cualquier momento, en cualquier parte, de modo que él se queda tranquilo con sus pájaros, sus dunas...el mar

El tiempo cronológico del cuento es apenas unas cuantas horas de una mañana de verano, pero el tiempo de la historia va hacia atras por varios años. Esto lo consigue el autor en parte por medio de la penetración en la mente de Jacques y también por medio de los diálogos. La obra no es omnisciente; el autor no penetra en la mente de los demás personajes, solo se dice lo que Jacques supone que es o puede ser de acuerdo a su percepción con respecto a los demás, a excepción de las ultimas líneas, cuando se produce el cambio de enfoque a la muchacha que es objetivo.


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