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| J. D. Salinger - escritor norteamericano, icono de la juventud inconforme de post guerra - aquí presentamos se mejor cuento |
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UN DIA PERFECTO PARA EL PEZ BANANA
(cuento) J. D. SalingerSeymour parecía no ser el mismo después que regresó de la guerra En el hotel había noventa y siete publicitarios neoyorquinos, y monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia de tal manera que la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina de bolsillo leyó una nota titulada "El sexo es Divertido... o infernal". Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada al lado de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda. * Aquí la niña se refiere a Seymour Glass (pronunciado simor-glas) cuyo nombre se confunde con las palabras see more glass (ver más vidrio), por su casi idéntica pronunciación. (N. del T.)
-Gatita, por favor, no sigas repitiendo eso. La vas a enloquecer a mamita. Quédate quieta por favor.La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolos sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada en una enorme y tensa pelota de playa, mirando el acéano. Usaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales, no necesitaría realmente por nueve o diez años más. -En verdad no era más que un pañuelo de seda común... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo -dijo la mujer sentada en la reposera contigua a la de la señora Carpenter-. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosura. -Por lo que usted me dice, parece precioso -asintió la señora Carpenter. -Quédate quieta, Sybil, gatita... -¿Viste más vidrio? -dijo Sybil. La señora carpenter suspiró. -Muy bien -dijo. Tapó el frasco de bronceador-. Ahora vete a jugar, gatita. Mamita va a ir al hotel a tomar un copetín con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna. Cuando quedó en libertad, Sybil corrió de inmediato hacia la parte asentada de la playa y echó a andar hacia el pabellón de los pescadores. Se detuvo únicamente para hundir en un castillo inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel. Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia las arenas flojas. Se detuvo al llegar al sitio en que un hombre joven estaba echado de espaldas. -¿Vas a ir al agua, "ver más vidrio"? -dijo. El joven se sobresaltó, y se llevó la mano derecha, instintivamente, a las solapas de su salida de baño. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil. -¡Ah!, hola Sybil. -¿Vas a ir al agua? -Te estaba esperando -dijo el joven-. ¿Qué hay de nuevo? -¿Qué? -dijo Sybil. -¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos? -Mi papá llega mañana en avión -dijo Sybill, pateando la arena. -No me tires arena a la cara, nena -dijo el joven, tomando con una mano el tobillo de Sybil-. Bueno, era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando. Cada minuto. -¿Dónde está la señora? -dijo Sybil. -¿La señora? -el joven hizo un movimiento,, sacudiéndose la arena del pelo ralo-. Difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Haciéndose teñir el pelo de color visón. O haciendo muñecos para los chicos pobres en su habitación. Poniéndose boca abajo cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba. -Pregúntame algo más, Sybil -dijo-. Tienes un traje de baño muy lindo. Si hay algo que me gusta, es un traje de baño azul. Sybil lo miró fijo, y después contempló su barriga sobresaliente. -Este es amarillo -dijo-. Es amarillo. -¿En serio? Acércate un poco más. Sybil dio un paso adelante. -Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy. -¿Vas a ir al agua? -dijo Sybil. -Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio, si quieres saberlo. Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón. -Necesita aire -dijo. -Es verdad. Necesita más aire de lo que estoy dispuesto a reconocer -retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena-. Sybil -dijo-, estás muy linda. Es un gusto verte. Cuéntame algo de ti -estiró los brazos hacia adelante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil-. Yo soy capricorniano. ¿Cuál es tu signo? - Sharon Lipschutz dijo que le dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano -dijo Sybil. -¿Sharon Lipschutz dijo eso? Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y recostó el costado de la cara en el antebrazo derecho. -Bueno -dijo-. Tú sabes como son esas cosas, Sybil. Yo estaba ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía sacarla de un empujón ¿no es cierto? -Sí que podías. -Ah, no. No era posible -dijo el joven-. Pero ¿Sabes lo que hice en cambio? -¿Qué? -Hice de cuenta que eras tú. Sybil inmediatamente bajó la cabeza y empezó a cavar en la arena. -Vamos al agua -dijo. -Bueno -replicó el joven-. Creo que puedo arreglarme para hacerlo. -La próxima vez, sácala de un empujón -dijo Sybil. -¿Que saque a quién? -A Sharon Lipschutz. -Ah, Sharon Lipschutz -dijo él-. ¡Cómo aparece siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos -repentinamente se puso de pie y miró al mar-. Sybil -dijo, ya se lo que podemos hacer. Vamos a tratar de pescar un pez banana. -¿Un qué? -Un pez banana -dijo, y desanudó el cinto de su salida de baño. Se la quitó. Tenía los hombros blancos y angostos y el pantalón de baño era azul eléctrico. Plegó la salida, primero a lo largo, después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima la salida plegada. Se agachó, recogió el flotador y lo sujetó bajo su brazo derecho. Luego con la mano izquierda tomó la de Sybil. Los dos echaron a andar hacia el mar. -Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces banana -dijo el joven. Sybil sacudió la cabeza negativamente. -¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, enntonces? -No sé -dijo Sybil. -Claro que sabes. Tienes que saber. Sharon Lipshutz sabe donde vive, y no tiene más que tres años y medio. Sybil se detuvo y de un tirón arrancó su mano de la de él. Recogió una conchita común y la observó con estudiado interés. Luego la tiró. -Whirly Wood, Conneticut -dijo el joven-. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Conneticut? Sybil lo miró: -Ahí es donde vivo -dijo con impaciencia-.. Vivo en Whirly Wood, Conneticut. Se adelantó unos pasos, tomó el pie izquierdo con la mano izquierda, y dio dos o tres saltos. -No te imaginas cómo eso aclara todo -dijo él. Sybil soltó su pie: -¿Has leído "El Negrito Sambo"? -dijo. -Es gracioso que me preguntes eso -dijo él-. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche -se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil-. ¿Qué te pareció? -le preguntó. -¿Los tigres corrían todos alrededor de ese árbol? -Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres. -No eran más que seis -dijo Sybil. -¡Nada más que seis! -dijo el joven-. ¿Y dices "nada más"? -¿Te gusta la cera? -preguntó Sybil. -¿Si me gusta qué? -dijo el joven. -La cera. -Mucho. ¿A ti no? Sybil asintió con la cabeza: -Te gustan las aceitunas? -preguntó. -¿Las aceitunas?.. Sí. Las aceitunas y laa cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas. -¿Te gusta Sharon Lipshutz? -preguntó Sybiil. -Sí. Sí me gusta. Lo que me gusta más que nada de ella es que nunca le hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas nenas que se divierten mucho molestándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto. Sybil no dijo nada. -Me gusta masticar velas -dijo ella por último. -Ah, ¿y a quién no? -dijo el joven mojándose los pies-. ¡Caracoles! Está fría. -Dejó caer el flotador en el agua.- No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más afuera. Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la depositó boca abajo en el flotador. -¿Nunca usas gorra de baño ni nada de eso? -preguntó. -No me sueltes -dijo Sybil-. Sujétame, ¿quieres? -Señorita Carpenter. Por favor. Yo sé lo que estoy haciendo -dijo el joven-. Solo ocúpate de ver si aparece un pez banana. -No veo ninguno -dijo Sybil. -Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas. Siguió empujando el flotador. El agua no le alcanzaba al pecho. -Llevan una vida muy triste -dijo-. ¿Sabes lo que hacen, Sybil? Ella meneó la cabeza. -Bueno, te diré. Entran en un pozo que está lleno de bananas. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero una vez adentro, se portan como cochinos. ¿Sabes? he oído hablar de peces banana que han entrado nadando en pozos de bananas y llegaron a comer setenta y ocho bananas -empujó el flotador y a su pasajera treinta centímetros más cerca del horizonte-. Claro, después de eso engordan tanto que no pueden volver a salir. No pasan por la puerta. -No vayamos tan lejos -dijo Sybil-. ¿Y qué pasa después con ellos? -¿Qué pasa con quienes? -Con los peces banana. -Bueno, ¿te refieres a después de comer tantas bananas que no pueden salir del pozo? -Sí -dijo Sybil. -Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren. -¿Por qué? -preguntó Sybil. -Contraen fiebre bananífera. Es una enfermedad terrible. -Ahí viene una ola -dijo Sybil nerviosa. -La ignoraremos. La mataremos con la indiferencia -dijo el joven-, como dos engreídos. -Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó para adelante y para abajo. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer. Cuando el flotador estuvo nuevamente en posición horizontal, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó: -Acabo de ver uno. -¿Un qué mi amor? -Un pez banana. -¡No, por Dios! -dijo el joven-. ¿Tenía una banana en la boca? -Sí -dijo Sybil-. Seis. El joven de pronto tomó uno de los empapados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador, y le besó la planta. -¡Eh! -dijo la propietaria del pie, volviéndose. -¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te divertiste bastante? -¡No! -Lo siento -dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del camino lo llevó bajo el brazo. -Adiós -dijo Sybil y salió corriendo, sin lamentarlo, en dirección al hotel. *** El joven se puso la salida de baño, cruzó bien sus solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaloso y lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel. En el primer nivel de la planta baja del hotel -que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia- entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada de zinc. -Veo que me está mirando los pies -dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha. -¿Cómo dice? -dijo la mujer. -Dije que veo que me está mirando los pies. -¡Cómo dijo! Casualmente estaba mirando el piso -dijo la mujer, y se dio vuelta enfrentando las puertas del ascensor. -Si quiere mirarme los pies, dígalo -dijo el joven-. Pero maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo. -Déjeme salir, por favor -dijo rápidamentee la mujer a la ascensorista. Las puertas se abrieron y la mujer salió sin mirar hacia atrás. -Tengo los pies completamente normales y no veo por que demonios tienen que mirármelos -dijo el joven-. Quinto piso por favor. Sacó la llave del cuarto del bolsillo de su salida de baño. Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a valijas nuevas de cuero de vaquillona y a quitaesmalte de uñas. Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las valijas, la abrió, y extrajo una automática de bajo una pila de calzoncillos y camisetas -Ortgies calibre 7,65-. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Corrió el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola, y se descerrajó un tiro en la sien derecha. Somero análisis de los cuentos de J. D. Salinger.por: Rolando SifuentesJ.D Salinger, Estados Unidos (1919-), participó en el desembarco aliado en Normandía conocido como el día "D" de la Segunda Guerra Mundial. Al terminar la guerra se dedica a la literatura y escribe 35 cuentos. En 1951 sale a luz su mejor novela: El Guardian Entre el Centeno, también conocida como El Cazador Oculto. título original: The Catcher in the Rye. En esta obra el personaje central es un muchacho de 15 años que escapa de casa por pocos días. Son los años de la "beat(nik) Generation" y del neo-realismo italiano en el cine. La novela inmediatamente consigue el éxito, especialmente entre la juventud y convierte a Salinger en un icono. En 1953 Salinger escoge nueve de sus mejores cuentos y son publicados bajo el título Nueve Cuentos, de los cuales, Un Día perfecto es el más importante. Un Día Perfecto para el Pez Banana No obstante que Un Día Perfecto trata del suicidio de un personaje joven, (tema tabú en los Estados Unidos), el cuento es publicado por la revista The New Yorker en 1949. Quizá los editores fueron influenciados porque apenas habían transcurrido 3 años desde la finalización de la guerra, la segunda del siglo 20, y el tema era anti bélico. Además, The New Yorker es una revista dirigida para que la lean intelectuales y gente "snob" bastante desprejuiciada. También los editores debieron tomar en cuenta que el joven que se suicida está enfermo de la cabeza como consecuencia de los horrores de la guerra. | ||