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Poetas peruanos
JUAN OJEDA - poemas a la soledad y la angustia


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	       SOLILOQUIO



Para el que ha contemplado la duración

lo real es horrenda fábula. Sólo los desesperados,

esos que soportan una implacable soledad

horadando las cosas, podrían

develar nuestra torpe carencia,

la vana sobriedad del espíritu

cuando nos asalta el temor

de un mundo ajeno a los sentidos.

Qué esperarías, agotado de ti

o una estéril música,

cuyo resplandor al abismarse te anonadaría.

Pero tú yaces oculto o simulas alejarte

de lo que, en verdad, es tu único misterio:

en la innoble morada de la realidad

nutres un sentido más hondo,

del que ya ha cesado todo vestigio humano.

				Y destruyes

el reino de lo innombrable, que en ti mismo habita.

			

¿Qué esperarías? ¿Sólo madurar, descendiendo,

en una materia más huraña que el polvo?

			

Nada hay en los dominios frescos

del sueño o la vigilia.

				Así

he considerado con indiferencia mi vida,

y ya debemos marcharnos.

			 




     CAPUT MORTEN
	Y no hallé cosa en que poner los ojos

	Que no fuese recuerdo de la muerte.

			Francisco de Quevedo

El fatigado de las nudosas meditaciones, en el brillo

De la desesperanza

		(detenido aire muerto o mundo) yace

Desbarrado por el ruido quieto del exilio

Y frecuenta una sabiduría maloliente como la muerte.



En qué secreto rencor sus ojos abrevarán, no lo sabemos

Ni deseamos preguntarle.

		Hay un seco terror en sus cuencos

Y una tensión inmóvil, como si el mundo pudiera disgregarse

Y el solo deseo de contenerlo arrastrará su ruina.



Sí, ahora entendemos su pereza y su hedor cadavérico.

Es un hombre hastiado de soportar el universo,

Y solloza nombrando los astros y el caso roto de la vida.



Ahora que la muerte frota sobre el aire su cadena,

Combado de soledad y neutro polvo hurga sus ojos.

Así el mundo es interior a los objetos, es este muro

Que maduraba en recogidos signos, es inerte trono.



Oh, caminar al fin le fuera dado en símbolo y ardiera

En una sola costumbre difusa

			(ni cuerpo ni mundo)

Estos ojos inciertos abren pétrea lámina horrenda.



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