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Poeta Español Antonio Machado
POETAS ESPAÑOLES MODERNOS,

Antonio Machado (Sevilla 1875 - 1939), poeta español modernista perteneciente a la Generación del 98. Machado escribió muchos libros de poesía pero también incursionó en el teatro.
Sus temas preferidos en poesía fueron el amor, el dolor y lo ifímero de nuestra existencia. Conoció a Ruben darío y Oscar Wilde quienes leyeron algunos de sus primeros poemas.
Tambien figuran en esta página Miguel Hernandez Orihuela 1910 - Alicante 1942) con su poema Elegía, sigue Vicente Aleixandre Sevilla 1898 - 1984) con dos poemas: Bar el Consuelo, y Consumación, y completamos la página con Rafael Alberti (Cádiz 1902 - 1999)con dos sonetos modernos: A la Liga por los Derechos del Hombre y Santoral Agreste

TRES POEMAS DE
ANTONIO MACHADO


¿Quién me presta una escalera
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?
Saeta Popular

    ¡Oh, la saeta, el cantar
al cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!
¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz¡
¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!


Parábolas
PROFESION DE FE

    Dios no es el mar, está en el mar; riela
como luna en el agua, o aparece
como una blanca vela;
en el mar se despierta o se adormece.
Creó el mar, y nace
de la mar cual la nube y la tormenta;
es el Criador y la criatura lo hace;
su aliento es alma, y por el alma alienta.
Yo he de hacerte, mi Dios, cual tú me hiciste
y para darte el alma que me diste
en mí te he de crear. Que el puro río
de caridad, que fluye eternamente,
fluya en mi corazón. ¡Seca, Dios mío,
de una fe sin amor la turbia fuente!



OTRO VIAJE

    Ya en los campos de Jaén
amanece. Corre el tren
por sus brillantes rieles,
devorando matorrales,
alcaceles,
terraplenes, pedregales,
olivares, caseríos,
praderas y cardizales,
montes y valles sombríos.
Tras la turbia ventanilla,
pasa la devanadera
del campo de primavera.
La luz en el techo brilla
de mi vagón de tercera.
Entre nubarrones blancos,
oro y grana;
la niebla de la mañana
huyendo por los barrancos.
¡Este insomne sueño mío!
¡Este frío
de un amanecer en vela!...
Resonante,
jadeante,
marcha el tren. El campo vuela.
Enfrente de mí, un señor
sobre su manta dormido;
un fraile y un cazador
—el perro a sus pies tendido—.
Yo contemplo mi equipaje,
mi viejo saco de cuero;
y recuerdo otro viaje
hacia las tierras del Duero.
Otro viaje de ayer
por la tierra castellana
—¡pinos del amanecer
entre Almazán y Quintana—.
¡Y alegría
de un viajar en compañía!
¡Y la unión
que ha roto la muerte un día!
¡Mano fría
que aprietas mi corazón!
Tren, camina, silba, humea,
acarrea
maletas y corazones.
Soledad,
sequedad.
Tan pobre me estoy quedando,
que ya ni siquiera estoy
conmigo, ni sé si voy
conmigo a solas viajando.


ELEGIA

Miguel Hernández


(En Orihuela, su pueblo y
el mío, se me ha muerto
como del rayo Ramón Sijé,
con quien tanto quería)

Yo quiero ser llorando el hortelano *
de la tierra que ocupas y estercolas, *
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes,
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte,
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera,

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avaricioza voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.


*Hortelano: el que cultiva una huerta. Estercolas: sirves de abono.

DOS POEMAS DE
VICENTE ALEIXANDRE


BAR EL CONSUELO

El es viejo y ha visto
ponerse el sol severo,
muchas tardes de junio, casi infinitas tardes de diciembre.
En primavera rojo,
pálidos en fríos últimos.
Y allí está ese portón que encima pone:
"Bar El Consuelo". Su sandalia ha pisado,
ingresando en la niebla del aliento reunido.
Desde el pie a su garganta,
cual todos: unos trozos de pana, paño a veces,
y una camisa viva,
ah, sí, vivida,
colgada de unos hombros trajinantes.
Encima, apenas justo, el cuello estriado,
caliente si cobrizo,
por sostener esa cabeza entera
que allí el tiempo obtuviese.

Borrasca y calma a solas.
Los revueltos bigotes, maleza gris, silencio;
las labradas cortezas, cual si el cincel ahondase,
y esa mata furiosa, inmóvil--brillo a veces--,
que atormentada irrumpe.
Debajo están los ojos: calma triste.
Oh, qué sabio reposo,
respuesta, no pregunta,
que mantuviese lumbre entre más sombras.

En las tardes caídas
Allí a la puerta fuma. El humo lento, de los ojos vela
la luz azul callada,
el azul enterado, siempre el mismo.

Por las mañanas hace
labor en otros troncos: maderas y volutas, mientras en la penumbra
el brazo da a la sierra.
Una materia arroja
la gracia o la viruta: espuma viva,
y él al caer la tarde--el brillo ardido--
Su herramienta depone.

Algunos días vaca
para otro menester. Con tablas toscas,
casi siempre, a veces bien pulidas,
caja compone a la medida justa:
el tamaño del hombre.
Este cuerpo enterizo, al pie de un árbol
o entre tomillo humilde,
o junto al lienzo blanco,
cava y más cava, y su tesoro ríndese.
Pesado y lento baja;
No brilla; allí da fondo.

Cuando el hacer termina
con el día, él apura
sus pasos. "El Consuelo". Y va a sus muros.
Allí Rafael el trajinado y Blas furtivo y Luis, y el niño rubio
que al mostrador reparte fuego, en sombras,
o luz del sol: ¡oh, vino claro ardido!

Y Juan que fuma, quema
ceniza. Y más. Luego a la puerta
mira a la noche, la corona de luz que ella ha apagado,
y está la calle en sombra.
Al fondo, allí, la fuente:
"Reinando Carlos IV...". Y justo, a oscuras,
siente caer del agua el chorro inmóvil.
¡Oh, sin tregua, presente!

CONSUMACIÓN


Si yo fuese un niño,
si yo fuese un niño, redondo, quieto y sumergido.
Sumergido, no; sacado a la luz, estallado hacia fuera, exhibido en esa otra Creación
donde un niño es un niño en su reino.
Pero si sumergido estuve antaño, bajo las aguas de la luz que eran cielo y sus ondas,
hoy no puedo sino decirlo, tomar nota, procurar explicarlo,
prohibiéndome al mismo tiempo la confusión de lo que veo con lo que fue y ha sido.
Todavía el hombre a veces intenta explicar un sueño, dibujando la presencia del amor,
el límite del corazón y su centro justísimo.
Aún intentar decir: «Amo, soy feliz; me conformo.»
Que es tanto como decir: «Soy real.» Pero cuando las hojas todas se han caído:
primero las flores, luego los mismos frutos, más tarde el humo, el halo
de persuasión que rodea a la copa como su mismo sueño
entonces no hay sino ver aparecer la verdad, el tronco último, el
despojado ramaje fino que ya no tiembla.
La desnudez suprema del árbol quedado
que finísimamente acaba en la casi imposible ramilla,
tronquito extremo sin variación de hoja,
superación sin música de la inquietante rueda de las estaciones.

Entonces llega el conocimiento, y allá dentro en el nudo del hombre,
si todavía existe un centro que tiene nombre y que yo no quiero mencionar;
si aún persiste y exige y golpea imperiosamente, porque nadie quiere morir,
puedes sonreír de buena gana, y burlarte, y mirándolo con desdén quiere morir,
decir con voz muy baja, de modo que todo el mundo te oiga:
«Amigo...: todo está consumado.»


DOS POEMAS DE
RAFAEL ALBERTI

A LA LIGA POR LOS DERECHOS DEL HOMBRE


Por ti la luz del hombre es mas amada
y la sombra, por ti, mas escondida.
Por ti altas cumbres puede ser la vida
y la muerte por ti ser enterrada.

Por ti la noble mano encadenada
puede ser justamente desceñida.
Y por ti en la mañana conseguida
puede la libertad ser liberada.

No más, por ti, las nieblas, el espanto.
No más, por ti, la angustia, el duelo, el llanto.
No más, por ti, la sorda y triste guerra.

Si, por ti, el despertar de la armonía.
Si, por ti, el sueño humano a pleno día.
La paz, por ti, la paz sobre la tierra.


     SANTORAL AGRESTE

¿Quién rompió las doradas vidrieras
del crepúsculo? ¡Oh cielo descubierto,
de montes, mares, vientos, parameras
y un santoral de par en par abierto!

Tres arcángeles van por las praderas
con la Virgen marina al blanco puerto
del pescado; ayunando, entre las fieras,
se disecan los Padres del desierto.

El Santo Labrador peina la tierra;
Santa Cecilia pulsa los pinares,
y el perro de San Roque, por el río,

corre tras la paloma de la sierra
para glorificarla en los altares
bajo la luz de este soneto mío.


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