Ezine de divulgación literaria
Poemas Selectos de la Literatura Norteamericana moderna - verso libre   
Walt Whitman, Ezra Pound, Allen Ginsberg, Conrad Aiken  

   INDICE DE POETAS



CANTO A MI MISMO

Walt Whitman

I

Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que me atribuyo, también quiero que os lo atribuyáis,
pues cada átomo que me pertenece también os pertenece
a vosotros.
Vago e invito a vagar a mi alma.

Vago y me tumbo a placer sobre la tierra,
para contemplar una brizna de hierba estival.

Mi lengua, cada molécula de mi sangre emanan de este
suelo, de este aire.
He nacido aquí, de padres cuyos padres nacieron aquí y
cuyos padres también nacieron.
A los treinta y siete años de edad, en perfecta salud,
comienzo a cantar, deseando hacerlo hasta la muerte.

Que se callen los credos y las escuelas,
que retrocedan un momento, conscientes de lo que son y
sin olvidarlo nunca.
Me brindo al bien y al mal, dejo hablar a todos,
a la desenfrenada Naturaleza con su energía original.

XXIV

Yo soy Walt Whitman, un cosmos, el hijo de Manhattan,
turbulento, carnívoro, sensual, que come, bebe y procrea.
No soy sentimental, ni creyéndome por encima de los
hombres y mujeres o apartado de ellos.
Ni más orgulloso que humilde.

¡Arrancad los cerrojos de las puertas!
¡Arrancad las puertas mismas de sus goznes!
Quien humilla a otro, me humilla a mí.
Y nada se hace o se dice, sin que al fin vuelva a mí.

A través de mí, surge la inspiración.
A través de mí, surge lo corriente y lo señero.

Yo pronuncio la antigua palabra original, hago el signo
de la democracia.
¡Por Dios! Nada aceptaré que los demás no puedan admitir
en las mismas condiciones
De mi garganta surgen voces milenariamente mudas,
voces de infinitas generaciones de prisioneros y de esclavos,
voces de ladrones y decrépitos, de enfermos y desesperados,
voces de lazos que unen a los astros, voces de matrices
y de paternas savias,
voces de odio: voces de los corrompidos, de los ineptos,
de los triviales, de los locos, de los resentidos;
voces vagas —nieblas en el aire—, la voz de los escarabajos
rodando su bola de estiércol.
A través de mí surgen voces prohibidas:
las voces de los sexos y de la lujuria, voces veladas que
entreabro,
voces indecentes que yo clarifico y transfiguro.

Yo no me tapo la boca ni pongo el dedo sobre mis labios.
Me entremezclo lo mismo ante las entrañas que ante la
frente o el corazón.
La cópula para mí, no es más obscena que la muerte.
Creo en la carne y en sus apetitos.
Ver, oír, tocar, son milagros: cada partícula de mi ser es
un milagro
Divino soy por dentro y por fuera,
y santifico todo lo que toco y cuanto me toca:
el olor de mis axilas es tan exquisito como el de una
plegaria;
esta cabeza mía es más que las iglesias, las biblias y los
credos.

Si mi adoración se dirige con preferencia hacia alguna
cosa, será hacia la propia extensión de mi cuerpo o hacia
alguna parte de él.
Vosotros no sois más que la réplica deslumbrante de mí
mismo.
Surcos y tierra húmeda que sois vosotros;
la firme y masculina reja del arado, todo en cuanto en mí se
cultiva y se labra;
sois mi sangre fecunda; y vuestras pálidas y lácteas
corrientes las ordeñáis en mi vida;
sois el pecho que se aprieta a otro pecho, y en mi cerebro
están vuestras ocultas circunvoluciones;
lavadas raíces del cáñamo, tímida alondra, oculto nido de
huevos dobles, sois vosotros;
fermentado jugo de manzanas, fibra de trigo viril, sol
generoso, también sois;
vapores que iluminan y oscurecen mi rostro sois vosotros;
arroyos de sudor y de rocío sois vosotros;
vientos que cosquilleáis con dulzura al frotar contra mí
vuestro polen fecundador,
vastas superficies vigorosas, ramas de viviente roble,
amantes compañeros en mi vagar sin rumbo, sois vosotros;
manos que yo he estrechado, rostros que yo he besado,
criaturas hermanas que yo estrecho en mis brazos, sois
vosotros.

¡Me maravillo de mí mismo: tan admirable es mi ser y
todas sus cosas!
A cada instante, cuanto sucede en mí me penetra de júbilo.
¿Por qué se doblan mis tobillos? ¿De dónde nace mi deseo
más insignificante?
¿Por qué irradio amistad, y por qué causa la recibo?
Cuando subo la escalinata de mi casa, me detengo y me
pregunto: pero ¿es esto real?
La enredadera que trepa por mi ventana me satisface más
que toda la metafísica de los libros.

¡Oh maravilla del amanecer!
La tenue claridad deslíe las inmensas sombras diáfanas.
El aire es un manjar para mi lengua.

Frescas masas que cruzan oblicuas, hacia arriba y hacia
abajo, saltan en silencio, brincan inocentes, rezuman,
desde el mundo movible.

Algo que no puedo ver eriza púas libidinosas.
Mares de jugos resplandecientes inundan la celeste bóveda.
La tierra y el cielo se juntan.
Y de esta diaria conjunción llega por el Oriente un desafío
que se posa un instante sobre mi cabeza para decirme,
agresivo y burlón:
"¿Serás tú el amo de todo esto?"

(trad. de Concha Zardoya)


LOS OJOS
Ezra Pound

Descansa, Maestro, pues que estamos cansados,
cansados, y podríamos sentir los dedos del viento
sobre los párpados que se nos cierran
húmedos y con peso de plomo.

Descansa, hermano, pues ¡ved! ¡el alba!
Palideció la llama amarilla
y con lentitud la cera se derrite.

Libéranos, pues fuera hay hermosos colores,
verde musgo y teñidas flores,
y frescura bajo los árboles.

Libéranos, pues parecemos
en esta siempre fluyente monotonía
de feas marcas de impresión,
negras sobre blanco pergamino.

Libéranos, porque hay alguien
cuya sonrisa es más provechosa
que todo el viejo saber de tus libros,
y allí nos gustaría verla.




FRANCESCA
Ezra Pound

Emergiste de la profunda noche
con flores en tus manos,
ahora emergerás de una confusa muchedumbre,
de un tumulto de conversaciones que te ronden.

Yo que te vi entre las cosas primordiales,
me encolericé cuando tu nombre pronunciaron
en lugares ordinarios.
Desearía que las frías ondas inundaran mi alma
y el mundo se marchitase como una hoja muerta
o cual vaina de diente-de-león, arrebatado,
para poder de nuevo hallarte,
pero sola.




FUNERAL BLUES

W. H. Auden

Parad todos los relojes, cortad los teléfonos,
Impedid, con un jugoso hueso, que el perro ladre,
Callad los pianos y, con un apagado tamborileo,
Mostrad el ataúd, dejad que las plañideras se acerquen.
Que los aviones hagan círculos, gimoteando, sobre nosotros,
Garabateando por el cielo el mensaje: Ha muerto,
Poned crespones en los cuellos blancos de las palomas,
Dejad que los guardias de tráfico porten guantes de algodón negros.
El fue mi Norte, mi Sur, mi Este y mi Oeste,
Mi semana de trabajo y mi descanso de domingo,
Mi amanecer, mi medianoche, mi voz, mi canción;
Pensaba que el amor duraría siempre: estaba equivocado.
No se desean ahora estrellas: apagadlas una a una;
Olvidaos de la luna y desmantelad el sol;
Lejos verted el océano y barred el bosque.
Pues ahora de ninguna manera pueden traer nada bueno.

Traducción: Ángel Manuel Gómez Espada
Fuente: el coloquio de los perros



ENCUENTRO

Conrad Aiken

¿Por qué te contemplo? ¿Por qué te toco? ¿Qué busco en ti,
mujer,
Que he de apresurarme para estar contigo una vez más?
¿Por qué debo sondear nuevamente tu nada abisal
Y extraer nada más que dolor?
Fijamente, fijamente miro tus ojos acuosos; pero no quedo más
convencido
Ahora que alguna otra vez
De que sólo son dos espejos que reflejan la luz del
firmamento,
Eso y nada más.
Y aprieto tu cuerpo contra mi cuerpo como si esperara abrirme
una brecha
Directamente a otra esfera;
Y me esfuerzo por hablar contigo con palabras más allá de mí
palabra,
En las que todas las cosas son claras,
Hasta que exhausto me hundo una vez más en tu nada abisal
Y la fría nada de mí:
Tú, riendo y llorando en este cuarto ridículo
Con tu mano sobre mi rodilla;
Llorando porque me crees perverso y desdichado; y riendo
Por hallar nuestro amor tan extraño;
Con la vista mutuamente clavada en una última esperanza,
ciega y desesperada,
De que el mundo entero cambie.

Fte: El Poder de la Palabra



UN SUPERMERCADO EN CALIFORNIA

Allen Ginsberg

Cómo he pensado en ti esta noche, Walt Whitman,
mientras caminaba por las callejuelas, bajo los árboles,
con dolor de cabeza, ensimismado en la contemplación
de la luna llena.
¡En mi hambrienta fatiga, y para comprar imágenes,
entré en el supermercado de frutas, soñando con tus enumeraciones!
¡Qué duraznos y qué penumbras! ¡Familias enteras
comprando de noche! ¡Pasillos llenos de maridos! Esposas
en las paltas, bebés en los tomates!; y tú García Lorca,
¿qué hacías allí, junto a las sandías?
Te vi, Walt Whitman, sin niños, solitario viejo harapiento,
hurgando entre las carnes en el refrigerador, y
mirando a los muchachos de la carnicería.
Oí las preguntas que le hacías a cada uno de ellos:
¿Quién mató las costillas de cerdo? ¿A qué precio las
bananas? ¿Eres mi Angel?
Anduve alternativamente por las brillantes pilas de
latas, siguiéndote, perseguido en mi imaginación por el
policía del negocio.
Juntos recorrimos los abiertos corredores de nuestra solitaria
fantasía, probando alcauciles, gozando de cada una
de las heladas golosinas,
y sin pasar nunca por la caja.
¿A dónde vamos Walt Whitman? Las puertas se cerrarán
dentro de una hora. ¿Hacia dónde apunta tu barba
esta noche?
(Toco tu libro, y sueño con tu odisea en el supermercado
y me siente absurdo.)
¿Caminaremos toda la noche por las calles solitarias? Los
árboles añaden sombra a las sombras, las luces de las casas
se apagaron, nos sentiremos solos.
¿Pasearemos soñando con la perdida América del amor
al lado de automóviles azules en las carreteras, camino
hacia nuestra silenciosa casita?
Ah, padre querido, barba gris, solitario y viejo maestro
del valor,
qué América tuviste cuando Caronte dejó de impulsar
tu barca y tú descendiste a una humeante orilla observando
cómo desaparecía la balsa sobre las negras aguas
del Leteo?

(Trad. de W. Shand y A. Girri)


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